FIRMAS Salvador García

Emociones (Turísticas). Por Salvador García Llanos

Sustituir experiencias por emociones. De eso se trata, por lo que se lee, en el mercado turístico. Algunos expertos creen que el excelente momento que atraviesa el sector propicia que la tendencia haya venido para quedarse, con lo que quienes apuesten por la fidelización tienen un campo más difícil, pero potencialmente muy atrayente en el que desenvolverse.

Parece que ese concepto, el turismo de experiencias, queda superado, entre otras causas porque ha sido sobreexplotado. Fue útil mientras mantuvo sus atractivos o hasta que los abusos terminaron convirtiéndolo en un recurso manido y poco competitivo. Las sobredosis acaban con los organismos más resistentes. Los destinos y los operadores turísticos -algunos muy dados a lo acomodaticio, creyendo que la rutina es larga y favorecedora- estimaron que las experiencias servían incluso para diferenciarse. Ahora esa impresión palidece; habrán de renovar la modalidad si es que quieren seguir conservando y captando cuotas de mercado.

 Y ahí aparecen las emociones como alternativa, bien es verdad que “las experiencias son el medio para alcanzar las emociones”, según define el profesor y consultor de Turismo, David Mora, quien está convencido de que a lo largo del presente año (que avanza a ritmo de récords) los destinos o productos capaces de generar emociones en los visitantes gozarán de una mayor demanda. Atención a este diagnóstico del profesor Mora: desde hace años, los turistas vienen huyendo de lugares comunes, masificados y de destinos indeterminados.

Por lo tanto, hay que generar emociones. Esa es la cuestión. “Si una vivencia turística no es algo novedoso, positivo y placentero y que logra erigirse en un recuerdo indeleble en nuestra memoria, no podría considerarse una auténtica experiencia”, razona Mora, para quien los viajes deben ser propuestas para sentir emociones. Se trata, pues, de diseñar vivencias irrepetibles desde el punto de vista personal, alejadas de lo cotidiano y productoras de recuerdos permanentes.

Esa es una nueva tecla del concepto de fidelización, tan manejado en algunos destinos turísticos que, por no innovar o cualificar su oferta, han visto perder ciertas hegemonías o, más sencillo, segmentos de mercado que en otros tiempos arrojaron excelentes resultados. Si las alcanzaron a base de experiencias temáticas, ya deben saber que se han saturado y agotado. Se precisan -y esto lo deben tener muy claro los sectores público y privado- nuevas interacciones que permitan al visitante identificarse con el destino a partir de las emociones que puedan sugerirle la oferta y participar de ellas, a su aire, asumiéndolas y transmitiéndolas, si esa es su voluntad. Por tanto, dirigentes, creadores y ejecutivos ya deben estar poniendo manos a la obra de las emociones, en el territorio o en la actividad capaces de inspirar un momento mágico, de esos que perduran. Es la segunda fase del negocio turístico, la de las emociones.

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