FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Referéndum. Por Francisco Pomares

A última hora de anoche, los primeros sondeos a pie de urna reflejaban una ajustada victoria del «remain», la alternativa británica a la salida de la Unión Europea: algo se olía desde por la mañana, con la libra rozando el dólar y medio por primera vez en años, y la bolsa de la City contagiando a los parqués del mundo de una euforia prematura. Según los sondeos, pues, y según el muy afinado olfato del dinero, Europa ha resistido, pero lo ha hecho por los pelos. Los resultados definitivos serán oficiales solo en la madrugada del jueves al viernes, al filo del amanecer, cuando lleguen desde Manchester los primeros datos globales. Escribo tras el cierre de los colegios, con la sensación de que la bala nos ha pasado rozando. Quizá cuando leas estas líneas resulte que el disparo contra la Unión dio de lleno y acabó con el sueño de esa Europa del siglo XXI que dejará atrás para siempre la guerra y el conflicto. Pero esta noche, mientras se cuentan y apilan los votos al lado de las urnas ya vacías, en dos montones muy parecidos, en el país donde todo es sujeto de apuestas, prevalece la sensación de que los que apostaron por el «brexit» no cobrarán mañana.

No era así hace tan solo una semana: el Reino Unido se había fraccionado en dos mitades antagónicas e irreconciliables: el primer ministro conservador, David Cameron, el líder laborista Jeremy Corby, los nacionalistas escoceses con su capitana Nicola Sturgeon al frente, todos ellos partidarios de «más fuertes en Europa», pelearon durante cuatro meses con algunos miembros torys del Gobierno, como el ministro de Justicia, Michael Gove, algún diputado del laborismo, o Boris Johnson, exalcalde londinense, y portavoz indiscutible de los partidarios del «leave», que -paradójicamente- no ha contado con su principal instigador, el eurófobo Nigel Farage, partidario también del «brexit», pero excluido de la campaña por parte de los partidos tradicionales. Una nación dividida en dos mitades heterogéneas, pero perfectamente identificables, instalada hasta hace pocos días en un ligero predominio de los defensores de la salida, predominio que comenzó a girar parsimoniosamente en los sondeos tras el asesinato de la diputada laborista Jo Cox, tiroteada y apuñalada por un nacionalista fanático.

Los Premios Nobel, las gentes de la cultura, los futbolistas de postín, Stephen Hawking, los grandes capitanes de empresa, los bancos centrales, los mercados, Barack Obama, los gobernantes de Alemania, Francia, Italia y España… todos a favor de la permanencia. Y enfrente personajes exóticos como Marine Le Pen o Donald Trump… Sería fácil identificar a los partidarios de la continuidad con el progreso y a los partidarios de la salida con la carcundia, pero sería mentira. Los millones de británicos que exigieron menos Europa de la que ya hay en Reino Unido, que es el país con más concesiones y excepcionalidades de la Unión, no pueden catalogarse con una sola y despectiva etiqueta.

Y ahora, la pregunta del millón. Haya pasado lo que haya pasado, estén los ingleses dentro o fuera, Europa se enfrenta a la necesidad de responder en dirección a una mayor unidad si quiere evitar que el referéndum británico se convierta en el inicio de un dominó suicida para el proyecto europeo. Pero no va a ser nada fácil avanzar en el camino de una mayor integración, cuando Francia, Alemania y Holanda celebran sus elecciones el próximo año con la extrema derecha populista decidida a reventar Europa, y con los países exsoviéticos instalados en el desencanto con Bruselas…

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