FIRMAS Francisco Pomares

A babor. De Esperanza (y otros fraudes de campaña). Por Francisco Pomares

Durante el primer semestre del año pasado, más de 50.000 españoles abandonaron el país en busca de trabajo, casi un tercio más que en la primera mitad del año anterior. Uno de esos españoles, una joven bióloga molecular de 30 años que emigró a Londres para poder trabajar, pide el voto para Unidos Podemos en la carta que acompaña las papeletas de esta coalición, y que ya se está buzoneando por todos lados. La carta la firma la joven exiliada por motivos económicos, Esperanza, y está dirigida no a los electores, sino a sus propios padres, a los que la joven explica que ella pertenece «a la generación más preparada de la historia de España. Preparada para todo, pero no para echaros tanto de menos desde que tuve que emigrar», según dice literalmente. La carta es emotiva y convincente. Incluso un poco cursi. Y es también falsa. Esperanza, esa Esperanza de nombre tan adecuado para la campaña de las sonrisas y el amor, no existe. Es una invención del equipo de marketing podemita que también se sacó de la manga el catálogo feliz de Podemos o la definición socialdemócrata de Pablo Iglesias, y que -muy probablemente- recomendó al patriota Errejón calificar a Canarias de colonia cuando dio su mitin en Las Palmas, a ver si así se metía en el saco algún voto más.

La Esperanza de Podemos no es muy distinta -en esencia- de la niña de Rajoy o del mercero Mariano, miserable y ramplón, que protagoniza los anuncios para redes del PSOE (por cierto, que si yo me llamara Mariano estaría bastante cabreado con Pedro Sánchez). Todos estos recursos a los que se han aficionado en los últimos tiempos los partidos políticos son pura ficción literaria, cuentos chinos, «storytelling» para entretener al personal y hacernos olvidar que lo que se dirime en estas elecciones es básicamente quién va a gobernar, con qué programa quiere hacerlo y cómo va a administrar nuestros recursos. Esas cosas, -quién, qué y cómo- no suelen ser tan impactantes como las historias que nos cuentan los vendedores de ilusiones que hoy diseñan los mecanismos mentales que determinan la compra de coches, perfumes, lavadoras, cereales para el desayuno o programas de partidos. No hay que alarmarse en exceso: también hay mucha distancia entre el efecto real de un desodorante sobre nuestro sobaco y las aventuras de campeón metrosexual que nos prometen los anuncios de aerosoles a cambio de gastar dos euros treinta en su producto. El verdadero problema no es que Podemos recurra a los mismos trucos y trampas que todos los demás vendedores de maravillosas minucias que garantizan la felicidad. El problema es que sigan empeñados en hablarnos de esa «nueva política» que va a cambiarlo todo cuando sus sistemas, propuestas y estrategias resultan ser las más viejas del mundo: el recurso a los sentimientos, indignación incluida; la descalificación «ad hominem» del contrario; la obsesión casi freudiana con el poder duro en sus distintas formas (Ejército, Policía, servicios secretos) y con el control social (judicatura, televisión); la ocultación de la ideología y la adaptación a todos los escenarios y todos los electorados que hace que en Madrid sean patriotas, en Cataluña refrendarios, en Canarias se nos proclamen anticolonialistas y en Asturias adoren la fabada.

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