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Con la Obra hemos topado. Por Eduardo García Rojas

La novela negra, negra y criminal, policiaca o como demonios quieran denominarla que se escribe en España tiene una deuda de sangre con Cataluña y en concreto con la ciudad de Barcelona, ya que fue allí donde el género se hizo mayor y adoptó su carta de identidad a través de unos narradores –la mayoría de ellos muy potentes– que supieron trasladar las claves de esta literatura a un escenario reconocible para lectores no solo catalanes sino también del resto de España.

Escritores del fuste de Manuel Vázquez Montalbán y su personaje de Pepe Carvalho;  Andreu Martín, que aún comparte pasión por el género junto a su compadre madrileño Juan Madrid y ese extraordinario y ácido revulsivo, aún inalcanzable, que sigue siendo la obra de Carlos Pérez Merinero, sin olvidar a grandes clásicos como Francisco González Ledesma y Jaume Fuster, entre otros, pusieron de manifiesto con sus relatos que era posible una literatura negra en España, y que en este país que se nos pierde Barcelona era como la Meca o el faro cuya potente luz influenciaba a otros narradores dispersos por las provincias de España que también querían probar el amargo sabor (porque la novela negra es casi siempre amarga, salvo cuando la escribe Donald Westlake) de un género que todavía provoca controversias. O debates, muy estériles, entre si merece ser considerada como alta literatura o desprecida porque juega en la división del entretenimiento.

Podríamos encuadrar a Josep Camps en la ya nutrida escudería de narradores que se han especializado en el género en los últimos años. Autores ajenos a esas discusiones bizantinas de si lo negro es literatura o no. Las historias de Camps, en todo caso, giran hasta este momento alrededor de Eustaquio (Tiki) Mercado, un ex mossos d’esquadra que, cansado de su oficio como policía, regenta ahora un pub –Roxete– en el que además de servir copas pincha la música que le gusta.

La última aventura que protagonizada Mercado se titula Rezos de vergüenza (Editorial Alrevés, 2016) y transcurre en Barcelona, ciudad que un buen día amanece con cadáveres sin cabeza. La complejidad del caso y que una de las víctimas sea un compañero muy apreciado por el protagonista, hace que la autoridad reclame de nuevo a Mercado para que investigue estos sucesos. Con lo que no contaban es que Tiki Mercado es además de una enciclopedia viviente del rock que se conoció de los 60 a los 80, un bronco agente de la ley. Para que nos entiendan, un policía mucho más cercano al contundente espíritu de Mike Spillane que al de Philip Marlowe y que en Rezos de vergüenza consolida la contradictoria trayectoria de un personaje que está llamado a ocupar su espacio en la literatura negra y criminal que se escribe en España, así como un gurú reivindicador de un rock que ya no se hace.

Lo de rock se escribe porque, como ya hemos dicho, Tiki Mercado es un apasionado de esta música, como lo es su creador, Josep Camps. El relato está plagado de hecho de canciones que suenan a lo largo de la historia y que el escritor tiene la gentileza de recopilar al final del libro en una lista, para que el interesado las busque y las escuche. La música juega por lo tanto un papel fundamental en esta novela y va más allá de banda sonora porque sirve para revelar el estado de ánimo de su protagonista: un hombre que casi es devorado por las drogas y por el espíritu de la culpa cuando comete en Rezos de vergüenza una acción moralmente deplorable.

La historia toca las narices también al Opus Dei, y viene a decirnos como quien no quiere la cosa que no todos los miembros de tan pía organización son unos santos. Más bien todo lo contrario…

Crítica y dura, y eficaz retrato de personajes, Rezos de vergüenza es una atractiva novela policiaca escrita por un autor al que habrá que seguirle la pista y estar muy  pendiente de lo que publica. Me da en la nariz que escritores como Camps son necesarios en el cada día más estirado y roñoso escenario de la literatura policiaca que se escribe en España.

Saludos, hemos dichos, desde este lado del ordenador.

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