FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Todos contra todos. Por Francisco Pomares

Rajoy les dijo que compartían una visión triste del país. Y es verdad que hace falta ilusión, pero también hay motivos para estar preocupados: no solo por lo que pueda venir, también por lo que ya ha pasado. Si algunos tenemos una visión triste es porque este país ha sufrido el hundimiento de sus clases medias, y la apertura de una brecha insalvable entre quienes tienen más y quienes ya no tienen nada, los que se han quedado sin trabajo, sin recursos y sin futuro. Y porque aquí ya hubo un rescate, un rescate bancario que se pagó reduciendo las pensiones a los jubilados. Y porque hoy hay menos gente trabajando que cuando Rajoy se hizo cargo del Gobierno, menos afiliados a la seguridad social, y porque los salarios son más bajos, los empleos más precarios, los impuestos más altos, y porque el estado de bienestar -aunque ha aguantado el embate- ha sufrido un deterioro destructivo. Y todo para intentar salvar -sin éxito- las cuentas de un Estado que hoy debe casi el doble de lo que debía cuando el señor Rajoy se hizo cargo del gobierno.

En fin: claro que hay motivos para tener una percepción triste de la situación de España. Antes de que se liara todo con las acusaciones mutuas de corrupción y golfería, antes de que empezaran a tirarse los trastos a la cabeza como siempre, cuando apenas estaba acabando el primer bloque del debate, después de media hora de insulso y aburrido encorsetamiento y mensajes perfectamente milimetrados, decididos no por el desarrollo del propio debate, sino por los estrategas y asesores de campaña, Mariano Rajoy se despidió con una frase lapidaria, que repetía por tercera vez la que es probablemente su única idea matriz en estos tiempos tan convulsos: «al Gobierno se viene aprendido», dijo. Y ese era -hasta ese momento- el único atrevimiento que se permitía un Rajoy solo un poquito faltón, pero no tanto como para resultar desagradable o intolerable. Los otros le escuchaban sin querer buscar bronca antes de tiempo, pendientes de lo que había de venir. Y Rajoy recurrió al lenguaje paternalista, y la ironía, como un catedrático que se sitúa estratosféricamente por encima de los tres penenes con los que la mala suerte le ha obligado a lidiar. Tres señores que -nos dijo Rajoy- necesitan un poquito más de estudio de los temas, tres señores que han venido a la política a hacer prácticas, a aprender, y que deben dejarle a él que haga el trabajo, porque él sí tiene la experiencia necesaria, la competencia y la capacidad para resolver los problemas de España.

Ese fue el tono en el que Rajoy quiso sostener su debate. Un tono que aleja a Rajoy de la mayoría de los ciudadanos, le aísla y reduce sus posibilidades de acuerdo con cualquiera de los otros partidos.

El debate parecía un «todos contra todos», pero solo era en apariencia. En realidad era un «todos contra Rajoy». Esa es la situación a día de hoy, y parece que el único que no se da cuenta es el propio señor Rajoy, a pesar de que Albert Rivera se lo dejó caer con todas las letras. Si los resultados se repiten, si las cosas vuelven a ser lo que parece que van a ser, en España habrá un gobierno apoyado por fuerzas constitucionales, pero Rajoy no será el presidente. Es lo que dice con rotundidad esa campaña del PSOE que habla de un verano mejor sin Rajoy, pero no menciona al PP. Es lo que dijo Albert Rivera, ante el escándalo hipócrita de Pablo Iglesias, y es lo que han dicho -en el sondeo del CIS- más de la mitad de los votantes del propio Partido Popular. Este debate lo ha dejado claro.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario