FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Ordeñados. Por Francisco Pomares

Sigue insistiendo el PP en bajarnos los impuestos. Cuesta creerlo, porque lo normal no es que bajen los impuestos. Es que suban. Es verdad que las sociedades no pueden existir sin impuestos, pero los impuestos no se inventaron para resolverle problemas al ciudadano, se inventaron para resolvérselos al Estado. Hoy se nos suele olvidar, porque con nuestros impuestos y tasas se financian servicios públicos que creemos esenciales, desde la educación a la recogida de basuras.

Sin embargo, los impuestos surgieron sobre todo para financiar los gastos de guerra o la vida suculenta en las cortes y palacios. Los romanos aplicaron un impuesto a la sal, que era imprescindible para conservar los alimentos. De distintas formas, ese impuesto se mantuvo en Europas hasta la Revolución Francesa, que abolió la gabela al mismo tiempo que la monarquía. Es probable que millones de franceses se sintieran más satisfechos por la desaparición de la tasa a la sal, que funcionaba desde medio milenio antes, que porque rodaran cabezas principescas. Los ingleses mantuvieron el impuesto en la India, donde la recogida de la sal era un monopolio de la administración colonial. El inicio del movimiento por la independencia del subcontinente se produce con el llamamiento de Gandhi para romper ese monopolio. Pero no fue sólo la sal. Enrique VIII y su hija la gran Isabel I cobraron un impuesto especial a quienes se dejaran barba, y el zar Pedro, modernizador frustrado de todas las Rusias, exigió a sus súbditos un kopec por barba no rasurada. El mismo afeitaba en las murallas de Moscú a quienes no podían o no querían pagar el impuesto, antes de permitirles el acceso a la capital. Más: desde la Edad Media, en toda Europa se pagaron impuestos por el uso del jabón. En Inglaterra se cobró hasta 1835. Y se han cobrado impuestos por las velas, por las barajas de naipes y los dados (se abolió en Gran Bretaña en 1960, en España aún existe), por el polvo para blanquear las pelucas (de hecho, acabó con la moda de portarlas, hoy sólo las llevan los magistrados británicos, que estaban exentos de pagar), impuestos por llevar sombrero primero, y luego por llevar cualquier cosa sobre la cabeza, porque los sombrereros comenzaron a llamar a sus sombreros con otros nombres para evadir la tributación. Y se crearon impuestos al té, al café, a cualquier alcohol, al tabaco, a los viajes, las ventanas, las chimeneas, el cristal, los ladrillos, el azufre, la pólvora, el plomo, el bermellón, la carne enlatada… Canadá estableció un impuesto por importar trabajadores chinos. Oliver Cromwell, exigió a los monárquicos que pagaran un impuesto por serlo, y Gustavo Matos (se da un aire con Cromwell) ha propuesto que en Canarias se cobre la «tasa Tobin» a las transacciones financieras, que acaban pagando los usuarios. En las islas se han propuesto «céntimos verdes», «tasas por pernoctación» (existen en la mitad de las ciudades turísticas del mundo) y cobrar por visitar el Teide…

Es un consuelo que el PP nos prometa poner el freno en su mantra de campaña. Sabe que la mayoría de sus electores están dispuestos a votarles aunque no les crean. Porque es falso que en España se vote «a favor». Se vota en contra. Los que votan al PP votan contra Podemos, sus caravanas de sonrisas y su «campaña del amor». Y contra su anunciada subida de impuestos, que -ésa sí- la gente la da por hecha. Gobierne quien gobierne.

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