FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Razones detrás de una guerra. Por Francisco Pomares

Los periódicos y radios de Gran Canaria echan humo con la guerra termonuclear abierta en la Confederación de Empresarios. Es poco frecuente que los empresarios se tiren los trastos a la cabeza dentro de las patronales, pero la pelea en la Confederación ha cobrado nuevas dimensión con la exigencia de dimisión a su presidente, Agustín Manrique de Lara, planteada precisamente por quienes le encumbraron, los empresarios de la Federación de Hostelería -Fraile, Mañaricúa y Smoolder-, que ahora acusan a Manrique de Lara de escasa neutralidad en los conflictos que desde hace años enfrenta a la patronal turística con el gigante del sector, el Grupo Lopesan.

Manrique ha sido bastante contundente al explicar que lo que él defiende es el papel de los empresarios canarios, frente a lo que ha calificado como «holding» balear, refiriéndose al grupo RIU. Pero hay que recordarle que está hablando de un grupo con casi veinte hoteles en las Islas, al que apoyan además la práctica totalidad de los empresarios del sector. Y también que es razonable que su neutralidad sea cuestionada: poco después de llegar a la presidencia de la Confederación fue fichado por Lopesan, convirtiéndose en consejero de IFA y de Expo-Meloneras. Debería ser más cauto en su férrea y constante defensa de los intereses de Eustasio López. Porque lo que se dirime en Gran Canaria desde hace años en un pulso por parte de los grupos más pequeños, para evitar que se consolide el viejo intento de reparto empresarial entre los verdaderamente grandes, que otorgó a Germán Suárez el control económico del puerto y a Lopesán el predominio en el sector turístico de la Isla.

El hecho es que Lopesan siguen creciendo e invirtiendo -ahora va a gastarse 80 millones para abordar nuevos proyectos en Meloneras-, gracias entre otras cosas a un constante y casi unánime apoyo institucional. Ese vieja pendencia entre Lopesan y la patronal turística es la que tiene paralizado al sector en Gran Canaria, y no las decisiones turísticas del Gobierno, como bien denunció recientemente el presidente de Asticán, Germán Suárez (hijo). El imperio Lopesán se desarrolla y extiende a un ritmo extraordinario, mientras se frenan proyectos de sus competidores, que acusan a Eustasio López de tener al Cabildo grancanario y al Gobierno comiendo en su mano desde hace años. Ahora, una de las más celebradas medidas de la futura Ley del Suelo (la compensación por protección de suelo agrícola, que apoya la preservación del territorio) tiene muy sulfurados a los adversarios de Lopesan, propietario de 30 millones de metros de suelo rústico en Venegueras. Porque resulta que será el sector turístico el que haga frente -con una tasa «ad hoc»- a las compensaciones agrarias. Dicen en la patronal turística que Lopesan siempre gana. Y es cierto. También lo es que es Eustasio López es un tipo muy hábil: un empresario competente que convirtió una constructora familiar en un gigantesco grupo empresarial, el mayor de Canarias, y que siempre ha sabido qué palos son los que hay que tocar y cómo y cuándo hacerlo.

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