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La línea roja que Rajoy no ve. Por Francisco Pomares

Mariano Rajoy difundió ayer por las redes un vídeo en el que pide que la política española deje atrás las líneas rojas para construir un futuro de entendimiento. No puedo estar más de acuerdo con esa idea: el país necesita dialogo entre sus fuerzas políticas y sus grupos sociales, necesita superar las diferencias irreconciliables y recuperar el espíritu de consenso de la Transición. Con la sociedad española cada día más fraccionada y crispada, solo caben dos opciones: o mantener esa crispación e instalar el país en la apatía y el desgobierno, o intentar llegar a acuerdos. Rajoy plantea en su vídeo una coalición entre el PP, el PSOE y Ciudadanos, que pueda llevar a cabo durante los próximos cuatro años las reformas políticas, económicas y constitucionales que España precisa. Solo una amplia mayoría que integre a la izquierda y la derecha constitucional puede avanzar en esa dirección, lo demás no conduce hoy a ningún lado. Rajoy invita a los ciudadanos a reflexionar sobre el bloqueo político que sufrimos desde diciembre del año pasado, y sobre la necesidad de evitar que eso bloqueo vuelva a repetirse. Rajoy conoce perfectamente que los sondeos dibujan -en grandes líneas- un paisaje postelectoral muy parecido al de las pasadas elecciones, en el que ni las fuerzas de la derecha ni las de la izquierda sumarán por si solas el número de diputados suficientes para poder formar gobierno, mucho menos para poder iniciar proyectos de extrema urgencia como el saneamiento económico, la reducción del déficit y la deuda, la mejora de redistribución de la riqueza, garantizar las pensiones y resolver el contencioso con Cataluña. Por eso, cuando Rajoy pide un gran acuerdo, además de llamar a la razón a sus socios potenciales -Ciudadanos y el PSOE- está también proyectando un mensaje que centra al PP y lo sitúa como un partido con voluntad y capacidad de gobernar por medio de acuerdos que una gran parte de sus votantes y los votantes de Ciudadanos y el PSOE consideran razonables.

El problema del PP no es hoy su discurso, un discurso a mi juicio correcto y moderado que responde a lo que desea la mayor parte del país. El problema del PP está en su reciente pasado, un pasado en el que pesan demasiado por un lado el mal gobierno, el despilfarro y la corrupción, y por otro el autoritarismo y el exceso de ideología.

Es difícil en una sociedad moderna gobernar desde posiciones extremistas. Eso es lo que le ocurre hoy a Podemos, y es lo que le pasó al PP los últimos cuatro años. El derrumbe del PSOE en las elecciones de 2011 dio al PP -con menos votos de los que sacó Zapatero en las elecciones anteriores- una aplastante mayoría absoluta, que Rajoy uso para imponer al país un programa de ajustes salvajes y de reformas extremadamente conservadoras. Fue Rajoy quien inventó las líneas rojas con políticas inaceptables para gran parte de la ciudadanía, y fue Rajoy y sus mensajes de móvil los que demostraron la tolerancia y comprensión del PP con la corrupción. Pero a pesar de todos esos errores, el PP es hoy el mayor partido de la democracia española. Sin alternativas claras, y volviendo a ser el PP el partido más votado, lo razonable sería que en torno al PP se vertebre una nueva mayoría más centrada. Una mayoría que debe desandar parte de las políticas del Gobierno Rajoy, y en la que Rajoy no tiene un encaje razonable. Porque hoy -probablemente a su pesar- es el propio Rajoy la principal línea roja de la política española. Ahora debe ganar las elecciones, pero si realmente quiere un acuerdo de fuerzas constitucionalistas, después debería irse para permitir que ese acuerdo se produzca.

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