FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Paulino el Rojo. Por Francisco Pomares

Si Winston Churchill hubiera cobrado un penique por cada vez que se cita una frase suya o supuestamente suya, sus herederos serían hoy mucho más ricos que la Reina de Inglaterra… A Sir Winston se le atribuye, por ejemplo, una recurrente sentencia que asegura que «el que no es de izquierdas a los 20 años no tiene corazón, pero el que a los 40 lo sigue siendo no tiene cerebro». Nunca he estado de acuerdo con esa frase: se puede ser de derechas o de izquierdas o coleccionista de sellos o aficionado a los macarrones gratinados, a cualquier edad. Lo que sí ocurre es que los años tienden con frecuencia a darnos una visión más ponderada de las cosas y logran moderar nuestras certezas. Un mozo troskista y radical puede evolucionar y convertirse con los años en un socialdemócrata gordo, calvo y aburrido. O un joven ultraderechista puede acabar militando en su madurez en Ciudadanos. En ambos casos podemos decir que se está dentro de lo que puede considerarse una evolución razonable.

Pero en todo hay excepciones: por ejemplo, el recurrente caso del converso, un tipo que quizá fue filonazi en su juventud, pero acaba convirtiéndose en mentor del podemismo. Eso le ha ocurrido al profesor Werstringe, que ha construido una de las carreras políticas más chocantes que se recuerden: empezó de facha con correaje y camisa azul, fue adoptado por Fraga como secretario general de Alianza Popular, y ha acabado como intelectual orgánico de Pablo Iglesias y todas sus mareas.

O sea, que en materia de evolución cabe de todo. Aunque eso no signifique que haya evoluciones que nos sorprenden mucho: la de Paulino Rivero, tiempo ha joven alcalde de derechas, insularista furibundo en su etapa de presidente de ATI, antisocialista radical e inspirador -ya como presidente de Coalición Canaria- de los pactos con el PP desde 1999 hasta 2011, nos llama ciertamente la atención. Desde que Paulino decidiera gobernar en pacto con el PSOE canario (básicamente porque Soria había ganado las elecciones), el hombre fue poco a poco transformándose en un activista social de libro: empezó por imitar el vestuario chandalero de los bolivarianos, decoró en plan zen su despacho, dejó de reunirse con ministros para citarse con Greenpace, le dio por hacer turismo a la tumba de Lenin en Moscú y finalmente constituyó un comité estratégico de inversiones, con funciones calcadas de las que tenía el politburó de la URSS en relación a los planes quinquenales. Con tales antecedentes, y en el ínterin entre perder la Presidencia del Gobierno y no ganar la del Tenerife, lo peor que podía ocurrirle fue hacerse coleguilla del anarco-constitucionalista Fernando Ríos, un chico más contradictorio que perturbador. Creo firmemente que es el profesor Verstringe -perdón, el profesor Ríos- quien le ha comido el tarro para que se una a la plataforma contra la Ley del Suelo y suscriba un manifiesto que cuestiona duramente la política territorial de sus años de Gobierno.

Yo no pienso que lo haya hecho sólo para llamar la atención. Seguro que no. En este caso puede hablarse en puridad de fe de converso: no sólo abjura Rivero de su pasado, también lo hace de todas sus viejas creencias de alcalde de pueblo. Después de esta confesión pública de sus pecados políticos, lo único que le queda por hacer es pedir perdón a Juan Fernando López Aguilar por no dejarle ser presidente, y pagar las tasas para el certificado de buen maoísta.

Porque Canarias no es sólo la patria del surrealismo. También lo es del esperpento.

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