FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Un mundo diferente. Por Francisco Pomares

Desde 1945, ni un sólo candidato de ultraderecha había logrado ganar elecciones clave en ninguna de las democracias del mundo. Ahora, esa posibilidad es real: el candidato del xenófobo y euroescéptico Partido por la Libertad, Norbert Hofer, ha vencido con casi el 52 por ciento de los votos al ecologista Alexander Van der Bellen, según el anuncio realizado por el Ministerio del Interior austríaco. Aún así, la situación podría cambiar hoy lunes, cuando se cuenten los más de 800.000 votos por correo de los austríacos que residen en el exterior, y que se suponen más próximos al candidato progresista. El voto exterior supone un 14 por ciento del total de los sufragios, por lo que el triunfo de Hofer podría no ser definitivo. De hecho, las empresas demoscópicas de Austria creen que Van der Belen podría ganar con una diferencia de apenas tres mil votos totales, una vez se produzca el cómputo definitivo del voto por correo.

Gane quien gane, lo que han demostrado estas elecciones es que la ultraderecha populista, antieuropea y xenófoba avanza en toda Europa -también en Estados Unidos, con el fenómeno Donald Trump-, y comienza a convertirse en alternativa a los desgastados gobiernos socialdemócratas y conservadores que desde 1945 se han ocupado de gestionar la democracia europea. El caso de Austria es sin duda singular: se trata de unas elecciones presidenciales, en un país en el que el poder del presidente no es ejecutivo, pero le permite disolver las Cámaras y convocar elecciones. La situación creada hace patente el fraccionamiento en dos mitades casi iguales de una sociedad que tradicionalmente ha sido muy tolerante con su ultraderecha -los ultraconservadores se han movido en los últimos años alrededor del 25 por ciento del voto- y que a pesar de ser la patria de Hitler y haber sido anexionada a la Gran Alemania antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, no llevó nunca a cabo su propio proceso de ajuste con la Historia: los austríacos sufrieron la desnazificación, pero consiguieron sentirse al margen de las culpas y responsabilidades del nazismo, alegando que ellos mismos fueron invadidos por los ejércitos de Hitler. No es del todo cierto: aunque la historia se ha reescrito después, los austriacos apoyaron masivamente al Anschluss hitleriano y asumieron su conversión en marca del Gran Reich alemán. El tiempo pasa para todos, y no puede hoy decirse que el partido de Hofer sea un partido filonazi, pero representa el rostro de ese nuevo populismo xenófobo incompatible con la democracia tal y como hoy la conocemos. Ya han gobernado con apoyo del partido de derechas, presentando el rostro amable de un líder joven y educado que ha conecta con la Austria rural, y culpando a la socialdemocracia y a los refugiados de las dificultades económicas de los austríacos. Nada muy diferente a lo que plantean con creciente éxito el Frente Nacional en Francia, el Partido del Progreso de Noruega, los Verdaderos Finlandeses, el Partido Popular Suizo, la Liga Norte italiana, el Partido de la Libertad de Dinamarca, y así hasta una veintena de partidos europeos de extrema derecha con un apoyo creciente. El progreso planetario del populismo demuestran que estamos ya en un mundo diferente, menos colaborativo y solidario, un mundo que vuelve a levantar fronteras y banderas y no cree en la justicia como mandato universal. Quienes hoy piensan que todo lo pasado fue peor, es que no miran aún hacia lo que viene.

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