FIRMAS Francisco Pomares

A babor. No empezó el 15M. Por Francisco Pomares

Cinco años después, se quiere imponer la reivindicación intelectual y moral de lo que supuso el 15M. Es probable que muchos españoles quieran celebrar la indignación y efervescencia que acompañó la movilización de miles de compatriotas. Lo que ocurre es que somos un país de maniqueos y los valores del 15M -el rechazo a los privilegios, a la corrupción y a la mediocridad de estos últimos años- se celebran negando todos y cada uno de los aciertos del pasado. En España tenemos una cierta tenencia al adanismo, a creer que todo empieza de cero. Y no es cierto: no se puede reinventar la historia, ni revisarla para adaptarla al discurso. Es falso que haya un hilo de plata que nos conduce desde los ideales de la Segunda República a los del 15M. La República abrió la puerta al viejo cainismo español y desembocó en una guerra que nos trajo cuarenta años de injusticia y dictadura. Cuarenta años que concluyeron no porque los españoles nos levantáramos indignados contra Franco, sino porque Franco tuvo la ocurrencia de morirse de viejo. Y solo después llegó la Transición, un tiempo contado como un acontecimiento histórico menor en los libros que estudian nuestros hijos.

Me sorprende la facilidad con la que el recuerdo de la Transición ha sido sepultado por la inmediatez intrascendente de lo cotidiano. Fue sin duda un tiempo de renuncias y compromisos, pero es por eso que, cuando hablamos del mayor período contemporáneo de paz y prosperidad, ya no nos referimos al franquismo, sino a la democracia del 78. Comprendo que los jóvenes no lo vean así: la crisis les han golpeado con tanta dureza que es lógico que solo perciban un legado de despilfarro y corrupción. Pero quienes vivimos aquel tiempo también hemos perdido la memoria: hemos olvidado las tres décadas de mayor estabilidad, libertad y desarrollo social y económico de la Historia española. Parece como si aquel tiempo que forjó nuestra ciudadanía y nuestros derechos no merezca ser recordado a las generaciones futuras. Con frecuencia me pregunto el porqué de esta ingratitud, de esta falta de respeto al pasado. ¿Cómo es posible que el consenso político y social -un concepto hoy caído completamente en desuso- haya sido sustituido por la confrontación, el conflicto ideológico de bajas miras y el desprecio del adversario, convertido las más de las veces en enemigo al que hay que aniquilar y destruir?

Qué distintos resultan estos «nuevos tiempos» de aquella magnífica época de encuentro y trabajo en común que protagonizaron decenas de miles de ciudadanos y políticos comprometidos con el deseo de construir la democracia. Hombres como Suárez y Carrillo, como Fraga y Felipe González, que -junto a los portavoces parlamentarios del nacionalismo catalán y vasco- construyeron el consenso constitucional. Pero el consenso que hoy es preciso reivindicar no se vivió solo en los foros de la política. La voluntad de llegar a acuerdos contagió a toda la sociedad española, a sus organizaciones sindicales y empresariales -capaces de entenderse y firmar los Pactos de la Moncloa en una situación de crisis económica más dura que la actual-, a la Universidad, al mundo de la cultura, a los funcionarios, a las organizaciones sociales, a la Iglesia… El esfuerzo de entendimiento y perdón entre españoles de todas las tendencias, todas las clases, todas las regiones, logró superar la desconfianza ideológica y el rencor nacido de la Guerra Civil y su secuela dictatorial, y alumbró una democracia forjada en el conflicto y legitimada por el entendimiento. ¿Fue un tiempo perfecto? No, nada lo es. Pero esa es nuestra historia: no empezó el 15M.

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