FIRMAS

Estafadores intelectuales: los pseudoprofesionales de la comunicación. Por Manuel Herrador Calatrava

FRAUDE PREMEDITADO A LECTORES, OYENTES Y SEGUIDORES, HACIÉNDOSE PASAR POR LOS CREADORES DE FRASES PROFUNDAS, DE REFLEXIONES MEDITADAS O DE FILOSÓFICOS PENSAMIENTOS QUE, ANTES DE PROPAGARLOS ALEVOSAMENTE, HAN SIDO ROBADOS A UN TERCERO, A OTROS AUTORES A LOS QUE NUNCA CITAN.

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Se puede ser un modesto periodista, escritor o poeta, pero honrado. Incluso se puede estar sin trabajo, pero ser honestamente profesional. Lamentablemente, conozco algunos especímenes que no atesoran ninguna de estas cualidades.

Disfrazados de periodistas, coaches, ideólogos, escritores, poetas o pensadores griegos, inundan las redes, los blogs y hasta programas de radio y televisión, con sus inteligentes sentencias motivadoras en busca del reconocimiento inmediato de algunas decenas de clics que, engañados vilmente, puedan facilitarles sus seguidores, oyentes, espectadores y fans.

¡COMO SI NO NOS DIÉRAMOS CUENTA!

Estos pseudoperiodistas, pseudoescritores, pseudocoaches, pseudosicólogos, farsantes profesionales, se creen que los demás somos gilipollas y que no nos damos cuenta de sus patrañas intelectuales, de sus engañifas ideológicas o de sus cínicos consejos. Aunque no es menos cierto que existe un porcentaje notable de personas de bien que, tanto por su pureza de corazón -en unos casos- como por su nobleza e inocencia en otros, son víctimas inconscientes de hurtados mensajes arrancados sin permiso a sus autores originales.

Porque todo el que quiera puede exponer sus ideas, razones o consejos, por supuesto, pero que sean los suyos propios, no los de otros y, en caso contrario, referenciando a estos. Estos advenedizos de la cultura, las letras y las ciencias, por supuesto que sí saben que cuando se copia un texto o una cita de un autor determinado, tanto parcial como totalmente, tienen la obligación legal –y moral- de hacer referencia explícita de aquel, de respetar su creación y su derecho y de protegerlo con la inclusión de sus datos, como mínimo, citando su nombre.

Claro, pero si hacen eso, si identifican al autor, entonces, ¿qué carajo de protagonismo obtienen ellos? Podríamos definir esta nueva práctica comunicativa como la neointelectualidad digital negativa, un ejercicio de activación de inseguridades, desconocimientos, deslealtades, inmoralidades, complejos personales, limitaciones culturales y, sin duda, de mala praxis profesional.

Estos parásitos de la mentira, imbuidos por su tendencia estafadora, se olvidan de que con un simple “copia y pega” de sus textos, a través de cualquier buscador, se descubre su patética farsa para dejar ver la auténtica cara, la de un mal profesional que aunque pretenda proyectar una imagen esmerada y rigurosa solo consigue confirmar que su firma -y su propio nombre- queden impregnados de tosca vulgaridad, de sucia profesionalidad de difícil recuperación.

Alguno de ellos va a leer esta columna, se va a identificar con todo lo que en ella he expuesto, pero se la suda, se la trae al pairo, porque seguirá pensando que solo somos unos pocos los que conocemos sus malas artes periodísticas o literarias y que va a seguir manteniendo esa multitud de buenas personas y fans que, aunque engañadas, quedarán fascinadas una y otra vez por las exquisitas reflexiones de vida, las asombrosas soluciones políticas o los profundos y tiernos poemas sin rima que, aunque pertenezcan a Marie Curie, Audrey Hepburn, Margaret Thatcher, Coco Chanel, Saskia Sassen, Luc Boltanski o Charles Ragin, esos cientos de suscriptores continuarán creyendo que son de su amigo o amiga de la radio, de la tele, del Facebook, del blog repleto de faltas ortográficas o del Twitter.

Blaise Pascal, matemático, físico, filósofo y escritor francés del siglo XVII, poseedor de grandes conocimientos tanto en materias científicas como humanísticas, dijo:

El espíritu cree naturalmente y la voluntad naturalmente ama; de modo que, a falta de objetos verdaderos, es preciso apegarse a los falsos”.

Será por eso.

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