FIRMAS Marisol Ayala

La lucha de Doña Julia. Por Marisol Ayala

Tiene 83 años y lleva 20 resistiendo el acoso de los especuladores para que abandone su casa en Playa Blanca a 50 metros del mar.

La última oferta que le hicieron ha sido de 120.000 euros; pero Julia y sus hijos no ceden. “Mi imagen de la felicidad está entre esas paredes”.

Julia Martín, 83 años, es uno de esos personajes que enamora a cualquier periodista. A cualquiera. Un día escuchando sus historias es una lección, un regalo. Hace dos semanas pagué una deuda que tenía pendiente con Doña Julia y con sus hijos a los que conocí hace 4 años cuando me interesó la batalla que Julia y los suyos mantienen desde hace “más de 20 años, más” contra la administración. Le prometí visitarla sin prisas de manera que en la acogedora cocina de su casa de Playa Blanca (Limones) nos hacemos fuertes y hablamos durante horas. “Pues aquí seguimos, más vieja y enferma, pero batallando. Mis hijos son los que lo llevan todo; ellos y los nietos siguen quedándose allí, se bañan, juegan, pescan, en fin. Veinte años llevamos con esto, que se dice pronto, pero no nos vamos a ir de una propiedad que es nuestra”. Julia es buena conversadora y tiene sentido del humor.

Julia Martín en la cocina de su casa, con Marisol Ayala

Julia Martín en la cocina de su casa, con Marisol Ayala (foto reciente)

El acoso urbanístico pierde el pulso

Es importante conocer los datos sobre esta historia de resistencia frente a la especulación urbanística para situarnos en el eje de la lucha sin cuartel que emprendieron y han ganado hasta hoy, una anciana, Julia Martín y sus 11 hijos.

En el año 1962 Juan Morales Umpiérrez, pescador y ganadero, fallecido en 1996, compró una casucha de una habitación en lo que hoy es La Playa de Las Coloradas (antes Ajaches) situada en Playa Blanca, término municipal de Yaiza (Lanzarote). Morales vivía de la pesca y del cuidado de ganado y aves; las nasas, cabras, gallos, gallinas eran su vida. Con ello, el hombre mantenía a su todavía pequeña familia, mujer y tres hijos. Juan se movía por aquel entonces entre las zonas solitarias, en los sesenta, de la playas de Papagayo y Las Coloradas.

Nadie se interesó jamás por la mísera casa sin agua ni luz, pero en 1997 se puso en marcha un plan para “explotar” la zona y empezaron sus males; Julia, que no sabe leer ni escribir, recibió decenas de ofertas para que “se fuera por las buenas” pero su resistencia ha sido recompensada y hoy su casa se alza provocadora en medio de inmensos hoteles. Y ahí sigue, altiva, disfrutando de la brisa marina consciente de que los especuladores la acechan; pero Julia y sus hijos no bajan la guardia.

“esto no tiene precio“

La última oferta económica que le han hecho a Julia Martín para que abandonaran la casa y despejar la zona la recibió hace nueve o diez años. Su cuantía no superó los 120.000 euros y la rechazó. Antes le habían ofrecido un almacén “allá arriba” (a un kilómetro de la playa) para que guardaran las nasas y su respuesta fue un “¡ni hablar…!”. Más tarde quisieron negociar con un “apartamentito de 90 metros” e igualmente se negaron. Dice que no hay dinero en el mundo para que dejen la propiedad. Razones sentimentales lo impiden. Uno de sus hijos, “Ito”, de 38 años, que habitaba con Julia en la codiciada vivienda murió hace algunos años al caer por un acantilado cuando pescaba. Su marido también falleció en la vivienda.

Al fondo, la casa de Julia Martín

Al fondo, la casa de Julia Martín

“Mire”, recuerda, “en esa casa está toda mi felicidad.  Recuerdo a mis hijos corriendo por la playa, a las cabras y los cochinos jugando en la orilla. La pesca, todo, así que de allí no vamos a salir por mucho que se empeñe el gobierno de Canarias”. A ver; Juan y Julia se casaron cuando tenían 21 años y es fácil imaginar que mundo lo que se dice mundo, tenían poco. Lo que sí tuvieron fueron muchos hijos, once, que poco a poco iban a una escuela en la playa de Papagayo o a otra en el mismo pueblo de Playa Blanca, “una buena tirada pero nosotros no nos quejábamos nunca porque éramos felices con lo poco que teníamos hasta que, claro, pegaron a decir que iban a hacer hoteles al lado de la casa, una avenida y esas cosas y entonces ya me amargaron la vida. Lo mejor, y está mal decirlo, es que mi marido murió en 1996 y no vio nada de esto que si no se marcha antes. Pero sí sabía que si podían, los políticos y los ricos, nos tiraban la casa abajo para hacer un edificio más grande todavía. Pero Juan era un hombre listo, que sabía leer y hacer cuentas, y lo tenía todo a la orden, en una carpeta color calabaza”.

Con su marido ya fallecido, la constructora inició la edificación de los hoteles que hoy rodean su casa en Las Coloradas y el infierno que comenzó a vivir la abuela Julia y sus hijos, lejos de amilanarla la envalentonó: “Le voy a contar como fue; ellos hicieron la obra, colocaron la fachada y después estuvieron trabajando dentro, a escondidas, mucho tiempo. Y yo en mi casa oyendo los estampidos a ver qué pasaba. Abogados, políticos, empresarios…todos tocaban en la puerta para tratar de convencernos de que nos marcháramos porque es que también querían hacer esa avenida que usted ve y para eso debían pasar por encima de mi casa”.

Julia Martín con su hijo Toño y sus nietos

Julia Martín con su hijo Toño y sus nietos

Un día me llevó a la casa: “Venga… entre… pase usted para que vea que no le miento. ¿Ve?, a este patio caían los cascotes y las piedras cuando edificaron el hotel y aquí -señala- nos resguardábamos mis nietos y yo para que no nos mataran esos bandidos. Si un tenique nos coge la cabeza nos deja listos…”. Cada vez que Julia Martín cuenta un episodio de su resistencia frente a la especulación urbanística se quita las gafas y se limpia el sudor. A veces hasta se emociona; ha sido la suya una vida tan dura, de tanto trabajo para sacar adelante junto a su marido, Juan Morales, a 11 hijos en tiempos de penurias que todo eso ha pasado factura a su cuerpo. “Usted apunte bien lo que yo le cuente sobre los últimos 20 años”, aconseja. Tiene ganas de hablar pero “las fotos me asustan y no sé explicarme”.

Lo cierto es que un día Julia cansada de tanto “bandidaje” se fue al despacho de un importante político de Yaiza. “Hacía unos meses que había muerto mi marido y le dije a mis hijos que me acompañaran. Nada, entré, me senté y le dije: “¿Qué más abusos quieres hacer con nosotros…? ¿Vas a permitir que un tenique nos mate, coño?, ¿es que no vas a parar esa obra…?. “No pienso”, le contestó. Su respuesta provocó otra peor por parte de Julia: “¿sabes qué te digo?, ojalá te hubieras ahogado el día que mi marido te prestó la chalana…”, y se quedó tan fresca.

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