FIRMAS Marisol Ayala

Mentira y cobardía. Por Marisol Ayala

Ella vino a la capital a buscarse la vida. Cargada de ilusión y deseosa de vivir lo que sabía que no viviría en el pueblo y, fundamentalmente, decidida a ayudar en casa pues la situación económica era precaria. Familia numerosa, problemas numerosos. Una oferta de trabajo le animó a romper amarras e instalarse en Las Palmas. Tenía 17 años. La capital le abrió los brazos y ella le correspondió con el mismo entusiasmo. Curiosa, trabajadora y resuelta se fue abriendo camino de lo cual se beneficiaba la familia. Si amar sin medida es un riesgo ella lo asumió como una campeona. Joven, guapa e ingenua se enamoró del hombre equivocado pero lo supo con el paso de los años. Él le llevaba quince años y fue su padre, su amante y su apoyo. Vivían en una burbuja de vino y rosas. No daba un paso si él no lo aprobaba; por miedo a perderlo rechazó oportunidades laborales. Creía que amor era eso. La primera vez que rompieron fue a buscarlo y le pidió perdón por lo que no había hecho. Un día lo llevó al pueblo y lo presentó a sus padres. Vestido con traje oscuro les impresionó a todos; le dieron nota alta. Era el hombre que la chica quería y oponerse servía de poco.  

Un mañana una mujer intentó contarle la parte desconocida de su chico. No quiso escuchar. “¿Sabes que está casado?”, le dijo. Habladurías. En una de tantas reconciliaciones llegó un embarazo. “No lo quiero tener”, dijo asustada, “me han dicho que estás casado, dime tú”. Ofendido le prometió que al día siguiente le traería un documento judicial “ya que no te fías”. Tardó, pero lo trajo. El niño tenía dos años. Una burda falsificación en la casilla de “estado civil” la alertó. Indagó. Efectivamente estaba casado y se esfumó.

Atrás dejó a una mujer que lo amó siempre. La mujer que crió a su hijo y que le dijo a la familia que había sido madre cuando uno de sus hermanos la envalentó, antes no. Un día, pasados los años, ambos coincidieron en un acto social. El llegó con su mujer, ella, sola. Se miraron pero no hablaron. En un momento de la tarde se acercó a quien fue su novia y discretamente le preguntó “¿es un varón?”; “sí, pero es mío, quítate de mi vista”, le dijo. Entonces el cobarde desapareció para siempre.

Lo sé bien. Sé también que aquel niño hoy tiene su cara.

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