FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Las cabras. Por Francisco Pomares

Los tiempos cambian, y con ellos evoluciona la sensibilidad social: este asunto de las cabras que hoy divide a la sociedad grancanaria entre animalistas y partidarios de la caza es una demostración evidente de que asuntos a los que antes no se prestaba mucha atención hoy pueden ser el centro de un intenso y agitado debate social. El problema es la tendencia -tan nuestra- de acabar todo en los tribunales. El Partido Animalista decidió denunciar al consejero de Medio Ambiente del Cabildo grancanario, Juan Manuel Brito, por haber querido mantener las batidas contra las cabras. Al final, será en un tribunal donde se discuta si acabar con las cabras que sobran a tiros, o que el Cabildo utilice procedimientos más humanitarios, como las apañadas (ahora andan en eso), una sobredosis de pentotal o incluso un albergue forestal para cabras sobrantes. Mala cosa que al final todo acabe delante de un señor con toga. Aunque no debería extrañarnos: el nuestro es un país en el que por una discusión intrascendente sobre fútbol, en la barra de un bar, hay gente capaz de matar a palos a un hincha del equipo contrario. ¿Qué no seremos capaces de hacer por algo que es más importante que el resultado de un partido, como el destino de esos pobres chivos? En Telde, por ejemplo, se han puesto de acuerdo en declarar la ciudad «amiga de las cabras». El PP ha apoyado la iniciativa, puesta en marcha por Bravo de Laguna cuando era del PP, probablemente para poder decir -como hizo Sonsoles Martín- que «en Podemos son radicales de izquierda hasta para matar a las cabras». Los partidos están más interesados en acusarse unos a otros que en encontrar soluciones. Las cabras de Telde no van a ser más felices por la declaración consistorial.

Me avergüenza reconocer que soy un poco dinosaurio. Creo que los muy escasos recursos públicos de los que disponemos deberían dedicarse prioritariamente a atender otras urgencias. Si hay que acabar con las cabras, creo que no es tan relevante si se hace cazándolas o se las captura en apañadas, y luego se las aniquila con sedantes. Seré inhumano, pero me preocupa menos el destino final de esas cabras montaraces que el de los inmigrantes que esta pasada semana han perdido la vida en el Mediterráneo, sin que -de momento- se haya denunciado a nadie por ello. Pero no quiero trivializar este asunto: comprendo a la gente que se preocupa por el bienestar de los animales. No me interesan los toros ni las peleas de gallos, y en mi casa cuidamos de un perro, de tres gatas (una acaba de parir, si alguien quiere un gatito, que me lo haga saber, ejem), de dos pajaritos, y de más de un cuñado. Creo que la gente que quiere a los animales -domésticos o no- suele ser en casi todo mejor que la gente que no los quiere. Y la preocupación por el sufrimiento animal no se me antoja como un asunto ridículo, en absoluto, aunque a veces se dirige más a lo mediático que a parar los verdaderos abusos que suelen darse en la explotación industrial de animales para obtener más proteínas más rápido y con menos gasto. No tengo nada contra los animalistas, aunque es verdad que en todas partes cuecen talibanes.

Pero esto es también una cuestión de prioridades. Existe un problema con las cabras y hay que resolverlo. ¿Alguien tiene una propuesta mejor que abatirlas a tiros? Que diga cuánto nos puede costar, con qué se puede financiar y nos demuestre que es sostenible. Lo demás es sólo más ruido para salir en los medios.

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