FIRMAS Juan Velarde

Pedro Sánchez, el arte de engañarse a sí mismo. Por Juan Velarde

Este hombre da pena y, la verdad, es que la idea que en su momento lanzó el director de La Razón, Francisco Marhuenda, puede ser el mejor Bálsamo de Fierabrás para que este hombre no caiga en la más absoluta de las depresiones. Sí, el líder del PSOE, Pedro Sánchez, comienza a reflejar signos claros de estar más para allá que para acá. El secretario general de Ferraz se creyó un día el camelo de que él podía ser presidente del Gobierno con solo 90 escaños y pensaba que el odio exacerbado que Podemos y Ciudadanos le tienen a Mariano Rajoy en particular y al PP en general iba a ser el argumento de peso para que a él le auparan y le llevaran en volandas hasta el Palacio de la Moncloa. Pero parece que los planes, al contrario que a Hannibal, el del Equipo A, no le han salido bien.

Ahora Sánchez va sollozando por las esquinas mendigando un poco de cariño, asegurando a quien quiera oírle y escucharle que Pablo Iglesias le ha engañado, que nunca tuvo intención de pactar con él y que el documento que se sacó el de Podemos de la manga no dejaba de ser una mera excusa, una artimaña para evitar pactar con los socialistas. Pero Pedro no puede seguir engañándose ni, sobre todo, engañando a los demás. Él sabe perfectamente que Iglesias jamás le ha cambiado una sola coma de lo propuesto. Sólo ha cedido en cambio de caras y en rebajar un par de cosillas nimias, pero en lo esencial, Podemos no ha rebajado sus exigencias.

Pedro Sánchez es consciente de que su no, repetido hasta la saciedad (17 veces) a Rajoy y al PP, le dejaron un solo camino que tenía una trampa clara antes de llegar al parnaso de la Moncloa. El obstáculo era vender el alma a los podemitas, algo que los suyos jamás le iban a permitir sobre todo si el acuerdo incluía dinamitar la unidad de España, o bien acabar cayendo por el precipicio y desconocer si tras la caída iba a salir ileso para poder intentar ser nuevamente el candidato en unas hipotéticas nuevas elecciones generales o si la sultana andaluza, Susana Díaz, iba a estar en la falda de la montaña para rematar al guapete de Sánchez.

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