FIRMAS Marisol Ayala

El reportaje que he perseguido. Por Marisol Ayala

No recuerdo quien lo trajo a casa, solo sé que en su primera página hay una anotación que dice “Papá. 1977”. Se llama “Los Topos” y fue editado ese mismo año. Todos tenemos libros que una vez leemos guardamos y alguna vez visitas. Con ese no fue así. Debe ser que cuando lo leí me impactó tanto lo que contaba que lo desmenucé. Manu Leguineche y Jesús Corbacho, sus autores, contaban la vida de 22 topos, así bautizados aquellos españoles de izquierdas que huyendo de la represión franquista se escondieron durante años en los lugares más insólitos. Tenían que salvar sus vidas. Sus páginas recogen la historia de un comunista de La Isleta que durante 33 años vivió escondido en una habitación diminuta, sin ventana, como topo que era.

Esa historia despertó de tal manera mi curiosidad que durante años traté de recuperarla, de saber algo más de esa persona, de sus vicisitudes, la suya y la de su familia, pero siempre tropezaba con un muro. O estaba mal informada o el mutismo de la familia podía más que mi curiosidad.

Ahí, en la casa que ven, pasó todo. O casi todo. En ella casa, en una de sus habitaciones, la que está a mi izquierda, permaneció escondido de la represión franquista Pedro Perdomo Pérez, el topo de La Isleta. Ahí estuvo 17 años pero en total vivió 33 de reclusión. Tenía 30 años y era comunista, ese fue su “delito”. De casa en casa sus once hermanas lo protegieron desde 1936 hasta 1968. Entró en el escondrijo con 30 años y salió con 63. Ciego y enfermo, devastado por la vida. Vivió 10 años más. Varios días de entrevistas y apuntes en el patio de la casa entre papeles, fotos y recortes de prensa nos ha permitido reconstruir la vida de Pedro. Paquina Sosa (en la foto) es sobrina de Pedro y su colaboración ha sido imprescindible para la elaboración del reportaje.

Viendo que no había manera hace dos semanas decidí colgar en las redes que buscaba a familiares de Pedro Perdomo Pérez, el personaje. Al par de horas tenía datos que me acercarían a ellos. Hacer una llamada de teléfono fue mi único esfuerzo. Pregunté.  “Si, yo soy la sobrina de Pedro”. Poco después estaba hablando con los sobrinos en la misma casa en la que permaneció escondido hasta su muerte.

Conocí la habitación mínima en la que se recluyó y el patio en el que paseaba cuando oscurecía. Nada ha cambiado. ¿Por qué les cuento esto? pues porque hoy he aprobado una asignatura profesional pendiente publicando en estas páginas el reportaje que he perseguido durante tantos años. Nunca lo di por perdido.

Pasen páginas y vean:

Los secretos del ´topo´ de La Isleta

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario