FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Del exceso de leyes y el sentido común. Por Francisco Pomares

Las leyes están para ser cumplidas por todos. Todas las leyes. Incluso las más absurdas. En París, por ejemplo, está prohibido besarse en los andenes del tren. Robert Doiesneau no habría podido hacer la foto de su beso en el Ayuntamiento en una estación de ferrocarril. O a lo mejor sí. A fin de cuentas, aquel beso -el más famoso de la historia de la fotografía- fue un encargo para promocionar el París de la posguerra, realizado con ayuda de dos figurantes… Más duro es besarse en público en Dubái, allí te puede costar la cárcel. Porque las leyes son distintas depende de dónde se hagan. En Baréin, un ginecólogo sólo puede mirarle la entrepierna a una mujer a través de un espejo. Mirar directamente se considera delito. ¿Les parece raro? Pues no. Inventar leyes, normas y reglamentos absurdos es una característica de los legisladores. Ocurre en todas partes: en Ohio es ilegal tener en el acuario un «Scartichthys gigas», más conocido como «pez borracho», y en Miami no puede pasearse con patineta delante de una comisaría de policía. En Carmel (New York) está prohibido que los hombres lleven pantalones y chaquetas que no hagan juego, y en Blyte (California), para poder usar botas vaqueras en un acto público, hay que estar en condiciones de probar que se es el dueño de al menos dos vacas.

Son leyes ridículas… ¿Quizá los estadounidenses están como cencerros? ¿En Europa jamás pasarían cosas así? Bueno, aunque en Francia se castiga aún con pena de prisión bautizar a un cerdo con el nombre de Napoleón. Es una ley un poco antigua, y se han olvidado de cambiarla, igual que en Mauritania se olvidaron de abolir la esclavitud hasta 1982, y tuvo que recordárselo Naciones Unidas. En la republicana Francia no se han olvidado de bautizar a los cerdos, es casi una tradición nacional, como la de tomarse muy en serio su pasado monárquico. Al Corso que no se los toque nadie. Y en la monárquica Gran Bretaña, los tabloides pueden hacer lo que quieran, pero si eres un súbdito hay que respetar a la monarquía: colocar un sello de la reina boca abajo en un sobre se considera traición. Ahora que muchas cartas se franquean directamente a máquina, hay que tener ojo de no poner el sobre al revés… ¿Más normas absurdas? En Estonia está legalmente prohibido fornicar mientras se juega al ajedrez (o jugar al ajedrez mientras se fornica, ya me dirán quién es capaz de concentrarse en ambas cosas a un tiempo…). Y en las playas de Tropea, al sur de Italia, sólo las mujeres guapas pueden practicar el nudismo. Desnudarse está prohibido a «las mujeres gordas, feas o poco atractivas» por una ordenanza municipal. Otra ordenanza del consistorio de Roma prohibió hace un par de años consumir comida o bebida en las calles. Afortunadamente, en Italia no se toman muy en serio sus propias leyes. Habría sido un desastre para los restaurantes de pizza en porciones y para los carritos que venden refrescos y botellines de agua a los millones de turistas que visitan Roma.

O sea, que lo de amontonar leyes insólitas, innecesarias, insensatas, inútiles o incumplibles no es sólo un defecto nuestro: Anatole France decía que «el árbol de las leyes ha de ser podado continuamente», pero los legisladores tienden más a regar ese árbol milenario y a hacerlo crecer que a pasarle la podona… Hoy hay leyes de sobra, para regularlo todo y todo lo contrario. Y algo tiene que ver en eso el que midamos la calidad de nuestros órganos legislativos por el número de leyes que se aprueban, y no por el de leyes que se derogan. Es como si pagáramos a los basureros por traernos cada vez más desechos, en vez de por recogerlos y destruirlos. Porque la lista de normas locales derogables en Canarias es larga, pero yo no he escuchado nunca recitar siquiera su primera estrofa a un político. Y quizá sea hora de empezar a decirlo: que en los últimos veinte años, en esta autonomía se han aprobado decenas y decenas de leyes, decretos, normas y reglamentos que no eran en absoluto necesarios.

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