FIRMAS Salvador García

Rostro doliente. Por Salvador García Llanos

Se les adivina transidos de dolor indescriptible en esas imágenes y esas fotos que golpean martilleantes a cualquier hora que se las contemple. Los niños, de todas las edades, de varias nacionalidades, el lado frágil de todas las tragedias, de todas las contiendas que en el mundo han sido, sufren, en llanto o en silencio, las inconsecuencias de los seres humanos, las del encono intolerante, las del aniquilamiento entre iguales y las de la incapacidad para dialogar y establecer una convivencia de mínimos.

Los niños de los migrantes o de los que aspiran a ganarse la condición de refugiados -¡qué precio tienen que pagar!- sufren todo tipo de penalidades en medio de unas más que adversas condiciones climáticas: frío, lluvia, oleaje, temporales… Sobrecogen el alma sus lágrimas, sus sollozos, sus chillidos y sus lamentos, su desespero, ese sufrimiento interior que trasciende cuando alguien les coge en brazos para trasladarles a tierra o cuando se aferran a sus padres o parientes, conscientes (más o menos) de que acaso sea el último asidero; o cuando miran a ninguna parte en el enjambre de las tiendas de campaña, en los charcos, en el lodo o en las agrestes condiciones del medio natural; o cuando saborean un chupete o degluten una galleta y se sienten los más felices del planeta; o cuando acaparan la atención de quienes son tristes espectadores del drama, sujetos activos o pasivos de lo que nadie creía iba a suceder en la vieja Europa del siglo XXI. Pero conviven.

Tiritan, lloran, enferman, sufren… atraviesan ríos, sortean alambradas, caminan sobre pastizales o pedregales, cruzan fronteras… Van en busca de la tierra donde educarse, donde convivir en unos mínimos de dignidad, donde aprender a saber qué es esto, donde hacer amigos no de penalidades sino de juegos, donde olvidar el rugido de las bombas y los peligros de una travesía marítima, donde no exponerse a los riesgos de la debilidad y donde la vulnerabilidad, cuando menos, disminuya.

Los niños que huyen, sin saber qué suerte les aguarda. Están aprendiendo tribulaciones. A los ojos del mundo, de reporteros y fotoperiodistas que no dan abasto. Es el rostro doliente de la tragedia.

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