FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Besugos en la red… Por Francisco Pomares

Escribir todos los días es un oficio. Consiste básicamente en encontrar a lo largo de tu jornada un asunto que te motive, que te permita una reflexión o un comentario o un guiño a tus lectores. Yo llevo haciéndolo casi cuarenta años. Hasta que apareció la red, firmar un comentario en los periódicos era una actividad parecida a meter un mensaje en una botella y tirarla al agua. Raramente alguien se daba por aludido por lo que habías escrito: quizá algunos días después te llegaba una carta a la redacción, enviada por algún amable lector, o podía ocurrir que algún conocido te llamara por teléfono para felicitarte por algún acierto, o que un político al que habías mencionado te puntualizara algo con más o menos entusiasmo.

Ahora, cuando lo que escribes salta casi instantáneamente de la página web del periódico a Facebook, Twitter, Linkedin, Google+, etcétera, lo normal es que recibas todos los días decenas de reacciones o comentarios sobre lo que has escrito. Son de dos clases: están los de las personas que se identifican, siempre correctos, aunque con frecuencia críticos, que ayudan a contextualizar, revisar criterios, corregir errores y moderar conceptos. Porque es imposible que siempre sean los demás los que se equivocan.

Y luego están aquellos otros (la mayoría) escritos por gente con seudónimo o que directamente se oculta tras cuentas falsas, creadas para poder intervenir sin dejar rastro. En Twitter, por ejemplo, con 500 millones de cuentas, se calcula que hay 20 millones de cuentas falsas y unos 170 millones más que -sin ser falsas- impiden identificar al remitente. Twitter es, pues, un lugar estupendo para que en él puedan refugiarse los llamados «trolls», un término sacado de «El señor de los anillos», que define a esos monstruos gamberros que van rompiendo todo lo que pillan. O los «haters» (término que en español se traduciría por odiador o aborrecedor), con el que se define a los usuarios de internet que se dedican fundamentalmente a criticar de manera destructiva, a difamar o a acosar sistemáticamente con sus respuestas a personas con las que no están de acuerdo, o a obras o productos o ideas o conceptos, en fin, a cualquier cosa.

Algunos de esos «trolls» y odiadores son en realidad gente divertida e ingeniosa que se toman a sí mismos y a todos los demás en solfa: las redes están plagadas de tipos brillantes pero increíblemente destructivos, cuyas críticas están más cerca del humor pasado de rosca que de otra cosa. A mí me divierte su capacidad de retorcer hasta lo absurdo lo políticamente correcto. Son el fruto de mentes libérrimas protegidas por el anonimato. Admiro su desparpajo iconoclasta, su capacidad subversiva de usar el lenguaje con una contundencia a veces inapelable, pero cuyo objetivo no es la destrucción de los demás, sino el cuestionamiento de sus ideas, sus poses, sus modas o valores. A veces se pasan, pero son la sal de las redes.

Y luego están los cobardes de siempre, gente las más de las veces con escaso talento y nula gracia, gente que no quiere discutir, ni siquiera pelear. Lo que hace es destruir apretando teclas. Gente que miente, difama e insulta desde la impunidad de su anonimato. Pero, sobre todo, gente que carece de ideas propias, y lo que hace es vampirizar las de otros o infectar las tuyas. Yo no les dedico tiempo alguno, no les hago ningún caso. Y menos aún cuando actúan en manada. Porque cuando lo hacen, uno no tiene ni siquiera claro si de verdad existen o son solo un ejército virtual de besugos capturados en la red y puestos al servicio de alguien…

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