FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Corrupción. Por Francisco Pomares

Siete años de inhabilitación por corrupción le han caído al exalcalde de Arona, «Berto» González Reverón, conocido en los sures tinerfeños como «el conseguidor». Se trata de la segunda sentencia condenatoria, cuando el caso Arona y sus inacabables secuelas, hijuelas y vericuetos arrastran aún su corolario de confesiones y sorpresas por los tribunales… En esta ocasión, a don Berto se le ha condenado por permitir la remodelación del hotel Sir Anthony, del grupo Mare Nostrum, a sabiendas de su absoluta ilegalidad. A cambio, ha quedado probado que Reverón recibió tratos y sinecuras especiales, entre ellos el uso de servicios VIP y atenciones singulares, habitaciones reservadas y otras cosas por el estilo, de las que el exedil disfrutó a su antojo durante la época dorada de la corrupción en Arona. Piensa uno que hay que ser un poco lelo para montarse una vida paralela en un hotel del propio municipio, y encima pagar la habitación haciendo la vista gorda cuando en el hotel se meten en reformas. Pero en un país donde a un presidente de Comunidad Autónoma se le compra con tres trajes y un reloj caro; donde el jefe del Gobierno y la cúpula del partido miran para otro lado mientras el tesorero amasa una fortuna, siempre que a ellos se les pase un sobre con sueldo complementario todos los meses; en un país capaz de repartir durante dos legislaturas los multimillonarios fondos del ERE a amiguetes; o dónde un dirigente radical defrauda a Hacienda y el otro a la Universidad…; en un país así, un personaje como Berto González no es la excepción, sino más bien la norma. Ése es nuestro problema.

Es verdad que este país es lo que es, el lugar donde nació la picaresca, donde se escribieron «El Lazarillo de Tormes» y «Rinconete y Cortadillo», un país en el que convertimos en héroes románticos a trabucaires de sierra y a caraduras de tomo y lomo como El Dioni. Un país que es capaz de hacer colectas para pagarle la fianza a la Pantoja, pero no para mantener con una derrama el comedor social del barrio. Un país de gente que se rasga las vestiduras porque los demás roban, pero defrauda a Hacienda todo lo que puede.

Pero también es verdad que si para algo han servido estos años de crisis es para descubrir que en algo tenemos que cambiar, que no se trata solo de señalar a los otros, de escuchar a los políticos tirarse porquería a la cara, de verlos jugar al «…y tú más», que es lo que hemos visto hacer la pasada semana.

Nuestra corrupción es sistémica, porque es íntima. Forma parte de nuestra educación social. Esta generación que viene, que exige otra forma de hacer las cosas, que pide transparencia, y quiere intervenir, debe saber que no todo se arregla juzgando y metiendo hasta al último golfo en la cárcel y fumigando su partido. También hay que cambiar las conciencias que justifican esos hábitos grabados a fuego en nuestro ADN, hábitos que nos dicen que es de idiotas no colarse en las colas, que es lícito no pedirle factura al fontanero para que el arreglo nos salga más barato y que tampoco es tan grave llevarse un paquete de folios del trabajo a casa. Al final, sí lo es: la diferencia entre la gran corrupción de los Rato y la corrupción peripatética de Berto es que Rato se mueve entre ministros y banqueros y Berto entre directores de hotel…

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