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El complot mongol, una novela de Rafael Bernal. Por Eduardo García Rojas

“Fue a la recámara, tomó su sombrero y volvió a la sala. Marta lo abrazó y lo besó en la boca. El beso fue más largo. ¡Ora sí que me creció! Yo haciéndole al maje, al muy paternal, hasta que ella tuvo que decírmelo. Como maricón. ¡Ay, no me diga eso que me pongo colorado! ¡Maricón, pinche maricón! Si me tiene bien chiveado. Y los rusos viéndolo y oyéndolo todo. Y yo de muy paternal y ella con ganas de entrarle. ¡Y el pinche del Valle! Cuando ya se me estaba haciendo. ¡Y luego que nunca se me ha hecho con una china! Y luego que me trae medio jodido, no como las otras. Capaz y todas las chinas son así. O capaz que ando fuera de mi manada. ¡El gringo, el ruso y Martita! Todos de otra manada. Muy profesionales, de mucha Mongolia Exterior y de a mucha intriga internacional. Y yo que no soy más que industrial, fabricante de muertos pinches. Y Martita. ¡Jíjole! Ora sé que hasta los de huarache me taconean. Y yo sin agarrar la onda. Como que ya no entiendo nada de lo que pasa. Me lo tienen que decir todo bien clarito. ¡Éntrele viejo pendejo, no se ande con puras palabritas! Pero luego, tanto amor de Martita como que huele a gato encerrado. ¡Pinche Martita! Me hace hacer cada pendejada…”

(El complot mongol, Rafael Bernal. Libros del Asteroide, 2013)

Rafael Bernal fue diplomático, maestro, historiador, poeta y escritor. Entre sus libros destaca una novela que los mejicanos consideran como pionera del género policíaco en su país, El complot mongol, título que por suerte recuperó para el mercado de habla española la editorial Libros del Asteroide hace tres años en una cuidada edición que cuenta con un prólogo de Yuri Herrera y un epílogo que firma Elmer Mendoza, ambos dos escritores de novela policiaca, y ambos dos rendidos admiradores de la obra de Bernal, y en concreto de esta deliciosa y muy mejicana El complot mongol, título que revela la excelente cintura que tuvo su autor para moverse en las movedizas aguas de un género que hoy, desgraciadamente, cultiva cualquiera.

La acción de la novela se desarrolla en el D.F. en los años sesenta y está protagonizada por un detective privado de gatillo fácil que responde al nombre de Filiberto García, quien junto a un agente de la CIA y otro de la KGB, debe evitar el atentado al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica durante una visita a Méjico. Manejan los hilos en la sombra los chinos aunque como en toda novela policiaca que se precie, nada es lo que parece.

Uno de los hallazgos de esta novela tan mejicana, y cuando reiteramos lo de mejicano es porque se trata de una novela tremendamente mejicana no ya por su protagonista sino por la forma en cómo está escrita –pinche los gringos–, muy mejicana, es su personaje protagonista, Filiberto García, un investigador de sesenta años que se describe a sí mismo como “un fabricante de muertos” y que ocasionalmente trabaja para la policía encargándose de los asuntos sucios, esos que manchan las manos.

La vida de Filiberto García, no iba ser menos, es una vida triste, de hombre solitario, que está cuajada de recuerdos amargos que revelan al lector el carácter de un profesional que está acostumbrado a exclamar pinche porque la vida que lleva es la que es, y parece que se siente cómodo en ella hasta que irrumpe en su violenta existencia una chinita de nombre Martita que le enciende una de esas luces que permanecían apagadas en su corazón.

Porque Filiberto García además de conocer muy bien las calles del D.F., se mueve como pez en el agua en ese barrio chino en el que asiáticos que pronuncian la r como l trapichean con opio mientras pierden el tiempo jugando, pongamos por caso, al dominó.

Desconcierta, y probablemente perturbará a algunos, las voces a las que recurrió Rafael Bernal parea contar este relato que no carece de humor. Voces en las que se mezcla con notable pericia narrativa la primera y la tercera persona mientras las páginas se van llenando poco a poco de cadáveres a medida que el investigador privado se acerca al final.

Como en toda novela policíaca que se precie, la conclusión no puede ser más amarga. Y no vamos a revelar, obviamente, el por qué, aunque sí que diremos que el complot va mucho más allá del intento de asesinar al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica como de Méjico, cuando la trama se complica con luchas de poder en la sombra. Manos en la sombra que utilizan a Filiberto García como una marioneta para la consecución de sus fines solo que ignoran que este personaje es mucho personaje. Y que las vidas que ha segado y los difuntos que acumula en su memoria son demasiados cadáveres como para no tomárselo en serio.

La burla del diablo es que los que manejan los hilos piensan que García es solo un ejecutor, y que como ejecutor no tiene nada en la cabeza. Allá ellos, porque este filósofo de la calle, este hombre que se acostumbró a matar a sus semejantes y a vivir de espaldas al amor, además de un profesional del crimen también lo es para resolver un caso tan aparentemente complejo como en el que termina enredándose.

Vale, está bien que no pueda ser comparado con el frío racionalismo de Sherlock Holmes ni con el alado romanticismo de Marlowe, pero ni falta que le hace porque el Filiberto García que diseña Rafael Bernal sabe estar en el sitio que ocupa uno y otro.

Empezamos por lo tanto con un gratísimo descubrimiento recién iniciado este 2016, aunque lástima conocer que el autor de tan explosiva como sorprenden te criatura no volviera a insistir con personaje tan atractivo por singular. Tan especial por… –¿se nos permitirá decirlo?–  pinche mejicano.

Saludos, todo fluye…, desde este lado del ordenador.

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