FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Franco. Por Francisco Pomares

Cuando murió el General, yo tenía dieciocho años recién cumplidos, y la sensación de estar viviendo la representación de un acontecimiento singular, que no era la muerte del General, sino el profundo y silencioso estupor de la nación ante su ausencia. Cuando se tienen dieciocho años, se vive con un concepto egoísta de la historia: se piensa que la historia circula en torno a uno mismo. Aquel amanecer sosegadamente tenso de noviembre, entre las calles recogidas y vacías, experimenté la certeza de que, por encima de cualquier otra razón biológica o clínica, Franco había muerto para que yo pudiera sentir cómo mis dieciocho años se agigantaban en un instante de reflexión sobre la historia de España.

Han pasado cuarenta años, y con el aniversario de esa muerte he vuelto ha recordar con ternura aquella sensación escalofriante de protagonismo anónimo, aquel instante forzado de madurez inesperada, para descubrir que en todo este tiempo mi generación ha permanecido ausente del debate sobre el hombre y su régimen. Y era lógico que así sucediera: nosotros, los que acabábamos de entrar en la Universidad cuando murió el General, somos hijos culturales de la Transición y de sus formas. Aprendimos a odiar a Franco y el franquismo en las trastiendas universitarias, para pasar luego a despreciarlo decididamente, convencidos de su inutilidad histórica y de su mediocridad política. Al fin, en estos últimos años, la moda de la tolerancia se instaló en algún lugar de nuestra conciencia, y decidimos juzgar al franquismo con una voluntad de comprensión deudora de ese esteticismo relativista tan en boga hoy en los predios intelectuales.

Así, mientras Franco y su régimen han sido objeto de un «revival» forzado por el calendario y el morbo social, la última generación del franquismo, la más distanciada de su origen y de su desarrollo, pero tan receptora de su herencia como cualquier otra, ha guardado un silencio desinteresado y cobarde en la ceremonia de los recuerdos. Pero los recuerdos existen. Y las lecturas. He revisado esas lecturas, las de entonces y algunas más recientes, y he revisado mis propios recuerdos con la seguridad de partida de no encontrar en ellos más que la rabia por las cinco últimas ejecuciones, y el nombre de Franco repetido como una calumnia en las reuniones políticas de mi primera juventud. Y me he encontrado con la sorpresa de un catálogo infinito de vivencias, para descubrir sorprendido que también yo guardo una interpretación sobre Franco y su régimen.

Lo más curioso es que, cuanto más me acerco a la figura del General, más confusión y alerta me produce la dualidad de mi reflexión, entre la atracción por ese período de la historia de España que fue Franco, y el rechazo instintivo a lo que él representó. Quizá la única explicación posible a esa dualidad sorprendente esté en la convicción de que intentar analizar a Franco, aún desde la distancia de estos cuarenta años que parecen más de un siglo, no es tarea que pueda emprenderse con desapasionamiento: por mucho que se objetive ese análisis, por mucho que puedan justificarse algunas actuaciones del régimen y de sus hombres, algunos aciertos de Franco y sus políticas, hay una especie de barrera -quizá la que él impuso entre sí mismo y la sociedad española- entre los resultados históricos de su mandato y la sensación de que esos resultados podrían haber sido los mismos -o muy parecidos-, sin la necesidad de cuatro décadas de asfixia.

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