FIRMAS

El éxito, un destino de riesgo. Por Manuel Herrador

Alcanzar la felicidad, saborear las mieles de la gloria, triunfar, conseguir la perfección o ser el mejor, son estadios trascendentes de alto riesgo. Marcarlos solo como único destino de nuestro viaje, como una meta, puede apagar la luz que alumbra la ruta vital.

Yo, prefiero ítems de vida más reales, más comunes y más cercanos. El icono habitual de un muñequito subiendo por una escalera que termina en un último escalón, en lo más alto de su recorrido, para llegar al éxito, no me gusta. Justo ahí, al final de la escalera de ascenso, se encuentra un punto sin retorno, y lo que es peor, sin posibilidad de avance. El siguiente paso que diéramos nos llevaría directos a la caída, al precipicio, al fracaso.

Esa escalera de dirección al éxito es tan solo una pendiente monótona, aburrida y costosa de superar. Sin paradas de ocio y descanso, sin llanuras de confort, sin zonas de recreo y, a medida que se asciende, peligrosa y resbaladiza. Ese gráfico me parece una caricatura poco acertada de lo que, en realidad, es para mí “el éxito”.

Prefiero un círculo vital, un ciclo horizontal, un desarrollo transversal, antes que una pendiente o un desnivel. Seamos egoístas y toquemos algo de felicidad cada día, en cada momento, por cualquier motivo. Ninguno de los conceptos consignados en la entradilla de este artículo de opinión tiene que aislarse y colocarse en un punto lejano, en un fin específico o en un destino de cierre desplazado en tiempo y en distancia respecto de nuestro día a día.

Qué necesidad tenemos de establecer una trayectoria de acción personal reglada por un campeonato de permanente esfuerzo para llegar a un posible premio final que, en la mayoría de los casos, solo lo consiguen ganar algunos pocos afortunados. No, me niego rotundamente.

Tengo más coartadas para encontrar justificación diaria a la felicidad y al éxito, a la singularidad y la perfección, al triunfo de mi interior. A no tener que esperar un tiempo determinado, un proceso concreto ni unas normas de actuación en pos de cambiar nada más que esfuerzo, sufrimiento, sacrificio y desazón por un supuesto paraíso al que, insisto, muy pocos saben llegar.

Para mí, el éxito es convivir cada día con mi gente, la familia, los amigos y los compañeros. Para mí, triunfar es trabajar todos los días en lo que me gusta, devolverle a mi vocación las grandezas profesionales que ya me ha brindado. Y la felicidad, para mí, es poder pisar una hora al día la desértica arena de mi playa favorita, y arrugar la piel de mis pies con el azul del océano gigante. La gloria, para mí, es construir aeropuertos con una zona de animales de granja y de columpios, con los famobil de mi sobrino Guille, los domingos, en casa de mis suegros. Y la perfección, para mí, es comprobar a diario que mis hijos son buenas personas, queridos por los demás, gentes de bien. Ser el mejor, finalmente, para mí, es levantarme con la ilusión de que, cualquier buena noticia, pueda sorprenderme positivamente y alegrarme el resto del día.

Mis metas, mis compromisos, mis retos, mis ilusiones, mis anhelos, mis problemas y mis soluciones, son de hoy, de ahora mismo, a veces de mañana, pero nunca del albur futuro ni de la onírica promesa ajena.

Abraham Lincoln, hace doscientos años dijo: “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”.

Me lo quedo.

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