FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Regreso al pasado. Por Francisco Pomares

El miércoles por la noche, miles de personas celebraron en todo el planeta, en un ejercicio de frikismo asumido, la fecha del 21 de octubre de 2015, conmemorando en alegre homenaje la trilogía fílmica de Zemekis, «Regreso al futuro». Multicines Tenerife y Charlas de Cine, una asociación de locos de atar que promueven la pasión por el celuloide, programaron un maratón de las tres pelis de la saga, con cineforum al final, que fue seguida alborozadamente por una sala a reventar. Acabamos a las dos y media de la madrugada, en ese extraño estado de euforia cómplice que produce -en los estadios, en los teatros y auditorios, en los cines- sentirse parte de un océano de público entregado a una misma pasión. La mayoría de los presentes eran adolescentes cuando se estrenó la primera película, hace treinta años. Yo no.

En el mundo de mi juventud, allá por 1974 o 1975, el cine no era aún la puerta abierta a todas los viajes y conocimientos, a todas las experiencias y reflexiones… Y la televisión tampoco. Había llegado la tele a los hogares canarios apenas seis o siete años atrás, aún en blanco y negro, aún con la programación enlatada y enviada a Canarias en las cabinas de Iberia para ser emitida un día después que en Península. Era una tele hecha a base de programas como «Cesta y puntos», «Reina por un día», y «Estudio Estadio», o telefilmes como «El Fugitivo» o «Bonanza»… Supongo que algunos de los lectores viejos recordarán con nostalgia aquellos programas que eran sólo una breve anécdota en nuestras vidas. Apenas un entretenimiento en las tardes del viernes o el sábado, porque en aquellos tiempos se creía que la televisión la cargaba el diablo, y que era mejor verla poco. La tele era una cita muy medida en nuestras vidas, y el cine un extra mensual o así, hecho sobre todo de pelis italianas de vaqueros o viejas cintas en blanco y negro. Teníamos, eso si, los libros, y en ellos nos refugiamos: Verne y Salgari, vidas ejemplares de santos y científicos, Sherlok, las peripecias de Guillermo Brown y alguna novelucha argentina de marcianos. Hasta que en el 71, llegó Salvat con su Biblioteca Básica: cien títulos que nos descubrieron la literatura y el mundo.

El primer título lo leí con quince o dieciséis años, una agónica y pesimista historia de ciencia ficción escrita por un ex comunista en 1948. Por tratarse de un libro de anticipación, su autor lo llamó «1984», invirtiendo las dos últimas cifras. Cuarenta y cuatro años antes de 1984, 1984 era el futuro. El británico Orwell presentaba en su libro un futuro pasmoso, el de un mundo permanentemente en guerra, dominado por tres grandes bloques de países sometidos a feroces dictaduras de corte estalinista. Para controlar a los hombres en ese mundo, había una policía del pensamiento, que perseguía a quienes se atrevían a tener alguna idea propia, y que controlaba a las masas a través de un invento impensable hasta la Smart-tv: una pantalla de dos direcciones, que lo veía todo y a todos en nombre del «Gran Hermano». Mi generación se alimentó de esa ciencia ficción, de Huxley y su mundo feliz, de Bradbury y sus bomberos pirómanos.

No había nadie parecido a Marthy McFly y sus vertiginosas correrías por el tiempo, nada comparable con las pizzas rehidratables, las bicorbatas. Los coches voladores o los tenis con autoimanes. Sólo futuros sombríos y mundos siniestros dominados por la ciencia y el totalitarismo. No debería extrañarle a nadie si al final salimos todos los de esa época, más bien un poco grillados.

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