FIRMAS Marisol Ayala

La casualidad cambió sus vidas. Por Marisol Ayala

En los pueblos pequeños salirse del raíl es correr el riesgo de que la vecindad te rebautice. Así era y así es aún en muchos núcleos apartados. La mujer de la que hablaré hoy fue lo que en el pueblo de su infancia y adolescencia llamaban una mujer “callejera”, el equivalente de la época a uno y mil calificativos y ninguno positivo. Joven, guapa, coche propio, presumida, descarada, divertida, locuaz, rubia, noctámbula y con trabajo fijo. ¿Quién da más? Pero ella se pasaba todo lo pasable por la punta de la nariz; bastante tenía con sacar su trabajo adelante, cumplir con su familia y hacer como que no escuchaba nada. A lo suyo.

Todavía hoy se tiñe de amarillo, usa gafas calabaza y vive la vida de día y de noche. Trabajadora y cabal. Cuando habla de aquellos años se ríe porque, claro que veía cómo las ventanas se cerraban o se abrían a su paso, pero estaba tan entretenida en sacar a su hijo adelante que no perdía el tiempo. Se casó muy joven y tuvo el hijo antes de que su matrimonio acabara como estaba previsto. Mala separación amistosa pero separación al fin. Nunca hubo entre ellos amor; hubo, en todo caso, complicidad. No le duelen prendas en reconocer dos cosas. Una, que nadie la entendió nunca como ese hombre que en situaciones complicadas fue su coartada y, dos, que el amor de su vida era un vecino mayor al que veía jugar al fútbol en un solar del pueblo. Ella tenía 13 años. La vida del deportista siguió un camino en el que ella no estaba. De momento.

En sus idas y venidas dejó el pueblo y se instaló en la capital. De vez en cuando iba a ver a su madre. Nada más. En una de esas visitas un coche le impidió aparcar en el garaje familiar. Enfadada bajó y se encaró con el conductor. Sorpresa. Era el joven jugador alto y fuerte al que siempre quiso. Hacía 22 años que no se veían porque también él se había casado y abandonado el pueblo. Como ella. Ese día se vieron por casualidad. Supo entonces que su matrimonio también había sido una farsa.

Ese día comenzó una historia de amor que se consolidó cuando la todavía mujer lo escuchó regresar de madrugada: “Mira, donde pasaste la noche, pasa el día”. La buscó y le dijo: “No me dejan entrar en mi casa”. “Sube. Quédate aquí”. Llevan 27 años juntos.

marisolayala@hotmail.com

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