FIRMAS Francisco Pomares

A babor. ¡A la horca! Por Francisco Pomares

Un concejal de Ciudadanos conduce su coche después de tomarse unas copas y le trinca la guardia civil. Lo lógico sería que le pusieran una multa y le quitaran los puntos que toquen, en función de la cogorza. Y que el hombre aprenda la lección: conducir bebido o drogado o hablando por el móvil es muy peligroso. Pero como el hombre es concejal, su infracción se convierte en noticia nacional. Sinceramente, no lo entiendo: no entiendo que una infracción de tráfico, sea de quien sea, pueda convertirse en algo de interés para los ciudadanos. De lo que haga un concejal, lo que menos me preocupa es si se toma dos copas. Yo no creo que pueda pedirse a los concejales (ni a nadie) que sean ejemplo de perfección. A mí me basta con que defiendan los intereses que han prometido defender, procuren hacer las cosas bien y no me roben. No me importa en qué se gastan su dinero -si es suyo- ni si coleccionan sellos o practican halterofilia. Tampoco me importa una higa que la alcaldesa de Madrid se vaya de veraneo y que desde los medios se afee su conducta publicando la opinión de un payaso que dice que esa señora no puede irse de vacaciones «mientras hay madrileños que no se las puedan coger» (ni que fuera Teresa de Calcuta). O que se la acuse públicamente de ser una «ecocida» (no se si existe la palabra aún, pero seguro que la inventan pronto) por llevar una flor en la cintura que luego -a pesar del escándalo creado- resulta que ni siquiera es especie protegida… España se está convirtiendo en un país de risa.

En fin…, creo que nos estamos pasando al creer que el derecho a la información incluye el de ocuparnos de cualquier pormenor de la vida privada de los demás. Aquí lo que ha ocurrido es que la gente de la farándula descubrió hace ya algunos años que podía vivir del cuento y chupar cámara contando historias de interés humano, para acabar vendiendo a los programas de casquería asuntos de tanto interés como que les ha salido un grano en el sobaco. Los medios catódicos han llevado esa tendencia al infinito, pero habría que establecer diferencias entre la información y el entretenimiento. Se habla de cualquier cosa sobre el faranduleo o se inventan falsos debates o incluso falsas noticias, construidas por la tele para poder hablar de ellas, con el único objetivo de entretener a las audiencias y servir al negocio. Pero cuando se informa con los mismos registros y las mismas actitudes de la vida privada de cualquier persona conocida, no se presta un servicio a la comunidad, apenas se la entretiene con basureo. El contagio de los mecanismos del periodismo de vísceras al periodismo tradicional es cada día más evidente. Y la responsabilidad principal no es de las empresas ni de la sociedad ni de los extraterrestres. Es nuestra, de los propios periodistas, que cada vez somos más vagos e indolentes. Pero hay más factores que convierten estas informaciones de carácter eminentemente privado en historias de éxito, y uno es la propensión al linchamiento que nos caracteriza y define. Somos un país de linchadores, siempre prestos a llevar a la horca por la mínima. Sobre todo a cualquiera que sea famoso, que tenga éxito o que se dedique a la política.

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