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Apóstol, una novela de Manuel Pérez Cedrés. Por Eduardo García Rojas

Mi casa era un hogar oscuro, ordenado y desolador, como una isla pintada en negro en medio de un océano luminoso. Así debía ser. O eso era al menos lo que mis padres, bajo un acuerdo lleno de cláusulas inútiles que solo los adultos son capaces de firmar, me  obligaban a aceptar. Yo era un niño tímido, silencioso, obediente. Era el niño ideal en una sociedad familiar basada en la coherencia, en la justicia y en la disciplina. En realidad, lo único que hacían mis padres era sobrevivir a su propia impostura, a su dictadura de quehaceres y poderes, a su  universo de momentos vacíos.”

(Apóstol. El amor es el principio, Manuel Pérez Cedrés. Nova Casa Editorial, 2015)

Hace dos años, Manuel Pérez Cedrés se dio a conocer en la república de las letras con El samurá desnudo, críptica novela de iniciación que transcurre en un pueblo de los Estados Unidos de Norteamérica y en la que se respiraba entusiasmo demoledor e ímpetu por bucear en la siempre compleja mente de un adolescente con instintos digamos equivocados. Tras una pausa de silencio, imaginamos que mascullando un nuevo proyecto literario, Pérez Cedrés publica ahora Apóstol. El amor es el principio, título que podría considerarse en las antípodas de su samurái aunque en los dos textos coinciden elementos y un estilo que se apoya en la primera persona para contar lo que acontece alrededor pero sobre en el interior de su personaje protagonista.

Si en El samurá desnudo se trataba de un joven peleado con el mundo en Apóstol es un hombre trabajador, funcionario de Hacienda, que anda igual de perdido solo que éste, al que conocemos como Lucas, busca con meridiano anhelo el amor.

El amor es el eje a través el cual se articula Apóstol, una novela en la que también trasiegan otros temas pero que son secundarios y en la que intervienen mujeres y algunos hombres. Será Lucas quien nos lo presente y también quien nos cuente, aunque de pasada, a modo de ligero vistazo, las diferentes interpretaciones del amor que caracterizan a los actores de reparto de su historia.

El relato está escrito con cierto aliento lírico, lo que redunda más que en la descripción de los hechos, en la búsqueda de su protagonista. Luego lo que importa, pese a los variados episodios que salpican el texto, es la interpretación que Lucas dibuja de todos ellos y que refuerzan, se sospecha que esa es la intención, para que Lucas, un tipo que parece condenado a la soledad, encuentre por fin y de casualidad el amor de su vida. Así son las cosas cuando el caprichoso Cupido apunta y decide disparar sus flechas.

Apóstol es una novela en la que lo que importa es la forma de decirlo más que al diseño de las escenas y en este sentido propone una atractiva aunque irregular lectura en torno a las relaciones entre hombres y mujeres y a indagar, aunque levemente, en una sociedad donde lo que importa es el que dirán.

Paralelamente, se intenta construir la historia de una búsqueda en pos del amor, ese que encadena espiritual y materialmente cuerpos diferentes y mostrar el camino que emprende su protagonista para descubrir a su pareja perfecta.

Y parece que Lucas la encuentra mientras otros los compañeros de su oficina se enfrentan a rechazos y a su miedos, lo que desencadena una serie de catastróficas desgracias invitan a reflexionar sobre la conexión entre parejas.

Lucas, tras varios intentos fallidos, tiene fortuna en su itinerario y su relato se transforma así en una especie de gracia ante la revelación. La fe, por lo tanto, no es la que mueve montañas en esta novela sino el azar con el que Manuel Pérez Cedrés hace que Lucas conozca por fin a su mujer ideal.

La novela se abre con un poema, un prefacio que firma el autor y en el que explica las razones que le llevaron a escribir este texto, no tan enrevesado como El samuráis desnudo, pero si con algunas oscuridades que entiendo forman parte de su estilo y de su universo narrativo. El libro cuenta además con un prólogo que firma la periodista Yolanda Arenas.

Estas piezas introductorias dan paso a un texto que hay que leer y asumir como la imagen del cordero que ilustra la portada del libro. Una metáfora que entiendo bastante acertada para corporeizar una aventura, porque a su manera Apóstol es una aventura, en la que prima el rito de la iniciación.

La novela cuenta con apenas 170 páginas y se lee con curiosidad porque más allá de que pasen o dejen de pasar cosas, tiene algo que anima a seguir adelante con el relato para comprobar si consigue o no lo que su protagonista anhela.

Como explica el mismo Pérez Cedrés en la introducción, esta novela nace tras revisar La llama doble, de Octavio Paz, y una idea sugerida tras su lectura: “Por el amor le robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso y otras en infierno. De ambas maneras el tiempo se distiende y deja de ser una medida.” Manuel Pérez Cedrés reinterpreta esta cita en uno de los pasajes de Apóstol, cuando escribe: “Esas cosas que tiene la vida, pensé, el mismo ser que te produce un dolor desgarrador también puede regalarte una felicidad indescriptible”, texto que resume, a nuestro juicio, los recelos que definen a Lucas cuando emprende su peculiar vía crucis en busca del amor.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

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