FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Estado de alarma. Por Francisco Pomares

José María Moreno, jefe de la Policía Nacional en Canarias, respondió el viernes a los rumores y comentarios sobre el rapto el pasado miércoles de una joven. El rumor aseguraba que un menor había visto en San Bartolomé de Tirajana cómo dos personas introducían a la joven en una furgoneta marrón y se la llevaban a la fuerza. El rumor se propagó rapidísimamente en las redes sociales, contagiando a las radios y televisiones y a los medios escritos, que ofrecieron la supuesta noticia al día siguiente, aunque contrapesada por la inexistencia de denuncia alguna que avalara el relato del menor…

La cosa es que durante estos días, y a pesar de las aclaraciones de Moreno, la falsa noticia ha continuado propagándose por las redes, convirtiéndose en el eco fantasmal y distorsionado de otras desapariciones absolutamente reales: la de Sara Morales, desaparecida desde julio de 2006, la de Yeremi Vargas, desaparecido en marzo de 2007, o la de Fernanda Fabiola, la niña de 15 años desaparecida a finales de julio de 2007 y -ella sí- encontrada asesinada una semana después, tras ser detenido al hombre que la mató.

La sicosis social con los raptos de menores se ha convertido en una enfermedad de la que es difícil escapar: el menor que inició el relato de este último rapto, afortunadamente no ocurrido, debe haber escuchado decenas de veces las recomendaciones de sus padres y familiares, y las historias de niños introducidos a la fuerza en furgonetas, de los que jamás vuelve a saberse nada. El malentendido que dio origen a esta noticia sin fundamento tiene sin duda su origen en el miedo colectivo de una sociedad acobardada por el susto diario en que se han convertido los noticieros y magazines de la tele. Pero una cosa es el origen de esta falsa información y otra su desarrollo y expansión viral en internet, ese medio por el que cada vez se informa más gente. Es asombrosa la extraña fijación que los seres humanos sentimos por las malas noticias, más aún si son truculentas y morbosas y alimentan nuestros miedos más ancestrales y poderosos. El colombiano William Ospina ha descrito ese fenómeno con su escritura irrepetible: «El cubrimiento periodístico suele tender sobre el planeta una red fosforescente de las desdichas (…). Es posible que ninguna época de la historia haya vivido tan asfixiada como esta por la acumulación de evidencias atroces sobre la condición humana». Así es: internet crea y mantiene un estado de alarma permanente entre los ciudadanos, agravado por el hecho de que la inmediatez ya no espera siquiera a que uno esté sentado frente a la tele del salón, sino que nos llega a través de dispositivos y programas que nos urgen y presionan con sus exigencias de respuesta emocional instantánea, impidiendo toda reflexión o análisis. La noticia del rapto sigue alarmándonos, viajando por nuestras pantallas con vida propia, incluso después de ser desmentida. Internet alienta todos los miedos, pero al mismo tiempo los virtualiza y los degrada: un estado de alarma permanente acaba por anestesiarnos la razón. Y abotarga nuestra capacidad de sentir dolor.

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