FIRMAS Marisol Ayala

Cuando se pierde el juicio. Por Marisol Ayala

El primer gran suceso que tengo consciencia de haber cubierto fue uno de esos que dejan huella pero de no haber sido por mi afición intermitente de coleccionar las sentencias importantes lo habría borrado de mi mente a pesar de su dureza. Hace poco una abogada me facilitó una resolución judicial que condenaba a una mujer de Tafira por envenenar a sus dos bebés.

El caso me sonaba. Lo había cubierto yo. La leí de un tirón y observé que el texto detallaba comportamientos humanos terribles que yo desconocía. Siempre digo que enterramos lo que no nos gusta, lo que nos hace daño. Aquel documento despertó mi curiosidad y fui a la hemeroteca. Quería comprobar qué había escrito del suceso; estaba segura de que comparado con lo que ahora sabía lo que escribí entonces habría sido un cuento de hadas. No me equivoqué.

Salvo el envenenamiento de dos bebés y la carta de la parricida el resto eran imprecisiones, vaguedades. Lo cierto es que de aquel parricidio ocurrido a finales de los ochenta solo recordaba un viejo Mini, la cabina telefónica en la Tropical desde la que llamaba al periódico y a un funcionario que me sopló el caso aunque hoy, por muchas vueltas que le doy a la cabeza, no acabo de entender cómo pudo hacerme llegar la noticia. Sin móvil, sin internet, sin nada. Misterios.

Lo cierto es que así y todo llegó la noticia y la misiva donde ella explicaba las razones por las que la noche antes decidió preparar los biberones con tal cantidad de hipnóticos que sus hijos no despertaron jamás. Era evidente que un trastorno mental estaba en el origen de la tragedia. Aquella sentencia dejó al desnudo el infierno que se debió vivir en la casa. Y ya puesta a comparar me pregunto qué pasaría hoy con un caso como el que describo, con las televisiones buscando vísceras para esparcirlas por el salón.

Sí recuerdo haber llegado al escenario del crimen y ser testigo de la peor escena posible. Una mujer joven esposada, vigilada por la Guardia Civil viendo la retirada de dos cadáveres, sus hijos. Con el tiempo una casualidad quiso que me la encontrara por segunda vez en mi vida. Estaba sentada en la Audiencia custodiada por un enfermero. No apartaba la vista del suelo; se ataba una y otra vez las playeras blancas.

Mujer de suerte, pensé. De tener consciencia desearía morir. O no. De tener consciencia no lo habría hecho.

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