FIRMAS

El bar de Pepe. El viejo. Por Joaquín Hernández

Manolo ha cumplido los 70 años, en la barra del bar con su vinito en la mano y con los ojos llorosos, me dice que hasta ayer no se había dado cuenta que era un viejo. Me asombra, intento comprender su tristeza pero no puedo hacerlo. Manolo es un hombre valiente que acaba de vencer un cáncer próstata, y es la primera vez que lo veo semi llorando. Hay cosas que no entenderé nunca y nadie aun me ha explicado lo que no entiendo. Dentro de las múltiples cosas que no entiendo es el trato que la juventud le da a los viejos, la estupidez con la que se comportan, uno empieza a comprender que la sociedad, o sea todos nosotros, nos usamos como un condón o una botella no retornable; se usa y se tira. O sea nosotros, al hombre y a la mujer una vez que le hemos sacado toda su fuerza, toda su energía, acostumbramos a condenarlos al rincón del hambre y del olvido. Esto, por sí solo, es una estupidez porque los que hoy son jóvenes mañana serán viejos y les ocurrirá igual.

A Manolo le ha pasado el camión de la basura por encima, me cuenta que se siente desplazado, incomprendido. Me confiesa que intentando conversar con su hijo de 30 años, dialogar, exponer su opinión y su experiencia para evitarle que la vida le zarandease, le diese cornadas a diestro y siniestro, le ha dicho: “Me das pena, tus opiniones están oxidadas y no tienes ni idea de la realidad”. Manolo es un hombre que dedico su vida a trabajar, terminó su carrera de profesor mercantil (ahora economista) y después de viajar por medio mundo como alto ejecutivo de una entidad bancaria, acabó en un despacho de la Caixa con más pena que gloria. Jubilado, que no muerto y sepultado, estudió antropología, carrera de la que se acaba de licenciar. Escucharle contando anécdotas de sus viajes es un placer por la forma que describe los numerosos lugares que ha visitado, por los pequeños, medianos y grandes problemas por los que ha tenido que compartir su larga trayectoria por la vida, Manolo podría dar clases de casi todo pero en una materia sería cum lauden: en ética.

A Manolo no le quita nadie lo ”bailado”, Manolo no esperaba que llegar a viejo sería como llegar al estercolero de la vida, en el fondo él ha vivido el éxito y la derrota, ha bebido vino y vinagre, rosas y lagrimas. Cuando se llega a viejo sólo ocurre que el cuerpo no te aguanta y las piernas no te responden, quizás llegar a viejo sería todo un progreso si en lugar de echarnos convertidos en fantasmas de la memoria al crematorio del olvido, “si después de darlo todo y tener oxidado el cuerpo no diéramos pena, si la vida no se acabase tan aprisa y tuviésemos más cuidado donde se pisa, si la vejez fuese un grado y no se llegase huérfano a ese trago, si tuviese más ventajas y menos inconvenientes, si el alma se apasionase el cuerpo se alborotase y las piernas respondiesen y del pedazo de cielo, reservado para  cuando te  toca entregar el equipo, repartiese anticipo a los más necesitados. Quizás llegar a viejo sería todo un progreso, un buen bagaje, un final converso en lugar de arrinconarnos en la historia convertidos en fantasmas con memoria, si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina o simplemente que todos comprendiésemos que todos llevamos un viejo encima”. El hijo de Manolo tiene suerte de poder contar con su padre, pero como todos los hijos pasan del “viejo” que ya no aguanta dos vinitos y se le va la “olla” a menudo. En éste país no se respeta la vejez, el ejemplo de esta falta de empatía con nuestros mayores parte desde el propio Estado que en lugar de aprovechar la gran experiencia de hombres y mujeres que lo han dado todo por todos, las excluye y las deja en el mismo banco de la plazoleta que el ayuntamiento hizo pensando en ellos.

 

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