FIRMAS

Del grifo de las contrataciones y el silencio eterno. Por Ce Castro

Da la casualidad de que estos días se ha sabido que el número de puestos de trabajo en ayuntamientos y cabildos ha crecido el último año un 5,6 por ciento. El destino, a veces cruel, se confabula para que justo semanas antes de las elecciones a las corporaciones públicas les haya dado por abrir «el grifo de las contrataciones». La providencia tiene estas cosas.

Cuentan los números que por islas, El Hierro registra la mayor subida en la plantilla de empleados con un 38,2%, seguida de La Gomera (32,9%), Gran Canaria (7,7%), La Palma (6,4%), Tenerife (6,2%) y Fuerteventura (3,1%). Lanzarote, «algo despistada», pierde un 0,8%.

Posiblemente esto no tenga nada que ver, pero me tropiezo también con una información que detalla que «el soborno y la corrupción son justificados por el 69% de los directivos de las empresas». Para añadir más «condimento», no he podido evitar recordar aquel informe elaborado por la Universidad de La Laguna en 2010 que venía a descubrirnos que «más de la mitad de la población, el 56,1%, ha sufrido en su institución más cercana, el Ayuntamiento, algún caso de corrupción urbanística».

Estas tres ideas sueltas: contrataciones, tolerancia y corrupción dibujan, quizá a la perfección, el páramo democrático en el que yacemos. Permítanme la licencia poética, pero sólo de este modo se explica la realidad de este Archipiélago. Sólo así se puede entender que reiteradamente los ciudadanos voten a personas señaladas, incluso condenadas, por corrupción. En este asunto, como en todo, nada es porque sí, todo tiene una razón de ser.

No es cuestión de volver a enumerar aquí los casos de corrupción destapados en las Islas, pero sí de reflexionar acerca de las consecuencias que han tenido. Alguna debe tener para sus responsables, pero se ha querido dar la impresión de que nos hemos acostumbrado a ello, que lo permitimos. Y en absoluto debe ser así. Todo lo contrario.

Cierto es que esos «lobos con piel de oveja», en ocasiones, nos engatusan con migajas para que accedamos a que continúen «cuidándonos el rebaño» y, al final, siempre salimos «trasquilados» los mismos, pero la madurez democrática va de esto y no de otra cosa, va de ser conscientes de cómo ha funcionado el sistema y actuar en consecuencia.

Los hemos visto, atónitos, cómo en pequeñas escaramuzas preelectorales se acusan de convertir «nuestras instituciones» en oficinas de empleo para callar días después durante cuatro años. Y nosotros hemos guardado silencio, más de lo debido. También les hemos oído, estupefactos, cómo les acusaban o les detenían y después quedaban libres sin cargos. Más rápido de lo esperado. Hemos palpado, pasmados, cómo hacían «sus» negocios y cómo silenciaban bocas. Esto lo hemos vivido, o sufrido; no nos lo ha contado nadie y, tras la indignación –esa que nos inoculó Stéphane Hessel-, hemos vuelto a las andadas. Les volvimos a votar. ¿Querrá la fatalidad que el próximo domingo suceda algo diferente? Como bien dijo Shakespeare en boca de Hamlet: «Para mí sólo queda ya… silencio eterno».

@cecastroramos

 

 

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