FIRMAS Juan Velarde

El radicalismo de Pablo Iglesias resucita en elecciones. Por Juan Velarde

Pablo Iglesias se nos desata en campaña electoral. Sus modales de mermelada, su cursilería impostada, se desmelena en cuanto huele elecciones y la posibilidad de agarrar cacho. Ahora, viendo como le han ido las cosas en la encuesta del CIS a Podemos, intenta rescatar su esencia más radical a ver si consigue hacer volver al redil a ese electorado quincemero, perroflautista y piojoso que, en su momento, llegó a darle 5 eurodiputados y ponerle provisionalmente primero en intención de voto en los albores de este año.

A Podemos, como al lobo disfrazado de cordero, se le ha visto el cartón desde hace tiempo, se ha descubierto su taimada estrategia de querer pasar de cara a la galería del chavismo más rancio a ser casi finlandeses. Sin embargo, el cambio no cuajaba y no colaba entre los más escépticos.

De hecho, dentro del partido nunca hubo unanimidad a la hora de aplaudir ese giro ideológico para captar bolsas de votos más moderadas. A los del partido morado se le había pillado el truco como a los malos trileros y no sólo terminaron de asustar a los dudosos, sino que a su panda de quema contenedores y padres con tarjetas black les empezaba a picar como una urticaria esa renuncia a sus principios fundamentales, que no son otros que implantar en España el modelo de república bananera y bolivariana de Venezuela.

Por eso Iglesias recupera el discurso de barricada, de puñalada trapera, de volver a arremeter contra la casta, pero vigilando que ésta sea de derechas. Es decir, no habrá insultos a Pedro Sánchez, pero sí contra Esperanza Aguirre a la que llama gentuza. Y, digo yo, ¿qué habría que llamar a toda esta patulea de Podemos, chusma universitaria que, amén de no dar un palo al agua, han convertido la Universidad Complutense en un nido de víboras comunistas y que han convertido sus clases en un verdadero antro del adoctrinamiento político? Que nadie se engañe, Pablo Iglesias es de los que, si la ley se lo permitiese o si él pudiera cambiar las normas, acabaría a puñetazo limpio con todos sus adversarios. Porque para él, ahí están las pruebas, todos somos lúmpenes.

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