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Un monstruo sobre cuatro ruedas. Por Eduardo García Rojas

No se trata Mr. Mercedes –una de las últimas novelas de Stephen King– de un título encajonado en el género que ha hecho multimillonario y famoso a su autor como es el fantástico y el de terror, pero sí de una novela en la que el lector iniciado reconoce el estilo y la técnica de King.

No pide ese mismo lector, en este sentido, otra cosa que lo mismo que espera recibir del escritor norteamericano aunque en esta ocasión el relato se distancie del territorio de las pesadillas sobrenaturales que habitualmente ofrece para explorar, en esta ocasión, los senderos del misterio con resultados notables pese a que a la novela le sobren bastantes páginas de las casi quinientas con las que arma la historia.

Puestas así las cosas, en Mr. Mercedes la dinámica continúa siendo la misma que en sus otras novelas, solo que en esta ocasión enfrenta a sus protagonistas: un policía retirado, una cuarentona con problemas de relación y un inteligente adolescente negro contra un asesino de masas que tiene complejo de Edipo.

Los cuatro lados del cuadrado –los personajes– están por lo tanto perfectamente definidos en un relato que se inicia con una brutalidad desconocida en anteriores trabajos del escritor, unas primeras páginas en las que describe como un potente Mercedes, de ahí el título de la novela, atropella a un grupo de desempleados mientras hacen cola con la esperanza de conseguir un puesto de trabajo. El resto de la novela se dedica a explicar las relaciones que unen a los buenos, el jubilado detective y sus dos compañeros de investigación para capturar al asesino.

Planea en Mr.Mercedes muchas de las constantes del universo literario de Stephen King como es la venganza, esa venganza que se sirve en un plato frío, así como la de mezclar personajes que poco o nada tienen que ver entre sí pero que unen sus fuerzas, aparentemente escasas, en su lucha contra el mal que encarna en esta novela un psicópata de libro.

No vamos a entrar en el debate de si Stephen King es un buen o mal escritor porque su obra habla por sí misma. Para nosotros es un autor con nombre y apellido que escribe sobre lo mismo solo que con variaciones. Y muchas de estas variaciones a veces resultan redondas o casi redondas como sucede en Mr. Mercedes.

El autor de novelas como Carrie o El resplandor narrar con estilo cinematográfico esta especie de duelo en la Alta Sierra y describe paso a paso la investigación que desarrolla ese extraño trío de detectives sin apenas aburrir al lector. Por otro lado, explora la vida cotidiana que desarrolla su asesino, el malo de la historia, presentando a un hombre con aguda inteligencia pero que odia al mundo. Un criminal que resulta ser un genio de los ordenadores pero un auténtico imbécil en su vida privada. Un monstruo víctima de sus circunstancias que resulta vagamente parecido a otros monstruos –marginales, personas que no han sabido integrarse en la sociedad porque sienten que están fuera de ella– que son tan característicos en su producción.

En la literatura de Stephen King no existen nunca los términos medios. Es decir, el gris es un color prácticamente inexiste, lo que hace que esta manera de observar la realidad sea uno de los elementos claves y en verdad algo cansinos en su producción literaria.

Para los lectores iniciados en los relatos de Stephen King esta insistencia es un sello, una marca, por eso no sorprende ni irrita su maniqueísmo porque así son las cosas en sus novelas. Y el invento funciona. Si nos gustaría destacar, sin embargo, que su mirada se ha vuelto, por contra, más negra y siniestra. Un pesimismo que sin terminar por absorber sus últimos títulos, sí que es determinante para explicar cómo ha evolucionado como narrador de entretenimiento. Y esa sensación obliga a leer sus relatos, por mucho que se sepa cómo van a terminar, con nuevos y asombrados ojos. Sus tics son los mismos, pero hoy parecen estar ahogados en reflexiones muy oscuras sobre lo cotidiano. Una rutina que en sus novelas es violentada, lo que ocasiona el brusco viraje existencial de sus protagonistas.

No es Mr.Mercedes, como se ha leído por ahí, una novela negra sino de misterio. Está más próxima al espíritu de Misery, por lo que se entiende como un intento por escribir de lo mismo pero probando ahora con otra geografía genérica. Si en Misery proponía un volantazo al gótico americano, en Mr. Mercedes lo que hace es navegar en el thriller adaptando el género a su peculiar manera de contar historias.

Y el invento resultante si bien es regular, ese regular es de los que tiran a bueno porque una vez se aceptan las reglas, la novela se lee con intensa rapidez y, lo que es mejor, sorprendido por los ratos de amargo desconcierto que proporciona.

Stephen King dedica Mr. Mercedes a la memoria de uno de los pesos pesados de la novela policíaca, James M. Cain, pero no hay rastro de Cain en esta novela que si bien  apuesta por el conflicto moral no cuenta con una de esas mujeres fatales que hace enloquecer el corazón de los hombres –aunque quizás la madre del monstruo respire algo de ese aroma– sino que avanza en función de la venganza que emprende tanto el asesino como el policía retirado. Las dos caras de una misma y siniestra moneda.

Como otras novelas de su autor, Mr. Mercedes toma el pulso de la sociedad norteamericana tras los atentados del 11-S y cuenta con cierta conciencia social al reflejar cómo la crisis económica ha desmoralizado a muchos de sus ciudadanos, reflexiones que se encuentran en las que son las mejores páginas de la novela como son  las del inicio. Esas en la que describe cómo un coche de lujo, un tanque sobre cuatro ruedas, aplasta a centenares de hombres y mujeres que esperaban la oportunidad de encontrar un trabajo por insignificante que resultara.

La metáfora, como se observa, no es nada sutil, pero tras ese prólogo que entendemos nihilista, la trama pronto deriva al juego del gato y el ratón, una relación que establecen a través de una página social de Internet el policía retirado y el asesino. Y sin dejar de ser apasionante este toma y daca, sí que se tiene la sensación de que el artefacto se desinfla pese a que la novela tenga un final, ligeramente parecido al de La naranja mecánica,  sorprendente por su oscura ironía.

Una ironía cruel que revela a un escritor que ha sabido reinventarse y cuya obra evoluciona inevitablemente hacia el escepticismo.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

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