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CINE. BIOPICS (VII). «El francotirador». Ovejas, lobos y perros pastores

Elblogoferoz/Manuel Díaz Noda/Adivinaquienvienealcine.- Clint Eastwood vuelve a la guerra y, como en ocasiones anteriores, lo hace con un tema candente, las experiencias de Chris Kyle, una leyenda dentro del ejército estadounidense por su alto índices de muertes confirmadas durante la guerra de Irak. Considerado un tipo duro del cine y, pese a su imagen pública mediatizada por su papel icónico de Harry el Sucio, lo cierto es que Eastwood siempre se ha presentado muy crítico con el estamento militar y las incursiones bélicas de su país. Ya lo demostró con “El Sargento de Hierro”, donde el ejército decidió retirar su apoyo a la película al ver la imagen que se daba de los Marines, y con su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial (“Banderas de Nuestros Padres” y “Cartas desde Iwo Jima”) también dio una visión poco complaciente sobre este periodo histórico y todo el aparataje propagandístico que se montó detrás. “El Francotirador” llegó a nuestras pantallas avalado por un extraordinario éxito en taquilla en su país de origen, obtenido aparentemente por el supuesto mensaje patriótico de la cinta. Nosotros particularmente no hemos visto ese fervor nacionalista en la cinta, más bien lo contrario, un tono abiertamente antibelicista nada indulgente con ninguno de los dos bandos enfrentados.

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Chris Kyle, tal y como se nos presenta en la cinta, no es ningún héroe, ni una leyenda. Es un tirador extraordinario, eso sí, pero a lo largo del metraje la cinta, lejos de ensalzar sus méritos, nos lleva a cuestionarnos los medios y el fin de sus actos, y por extensión la de todo un país erróneamente adoctrinado en unas creencias basadas en la violencia y la cultura de las armas. En este sentido resultan fundamentales los flashback a la infancia de Kyle que Eastwood emplea para establecer el bagaje psicológico de nuestro protagonista. Criado en Texas, uno de los estados más conservadores de los Estados Unidos, vemos cómo Kyle es adiestrado desde muy joven en el uso de armas por su padre (una imagen que el director retomará posteriormente, marcando su continuidad de una generación a otra), quien ensalza en su habilidad con el rifle y le adoctrina en una reduccionista visión de la humanidad dividida en tres categorías: las ovejas, los lobos y los perros pastores, es decir, los débiles, los agresores y los protectores; aunque sin matizar que el fanatismo y exceso de celo del perro pastor puede convertirle a él también en un lobo. Esta mentalidad es la que lleva al protagonista a enrolarse en el ejército tras el ataque del 11 de Septiembre de 2001, movido por un confeso afán proteccionista ante un ataque exterior, pero que posteriormente queda evidenciado que responde más a un instinto de venganza inculcado a través de los medios de comunicación y una sociedad que se considera el baluarte de la libertad.

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Las apabullantes y realistas secuencias bélicas rodadas por Clint Eastwood no nos hablan de la destreza o el poder del ejército estadounidense, o de la extraordinaria habilidad de Chris Kyle para fulminar a su enemigos desde una larga distancia. Lo que presenciamos en la película, desde esas secuencias iniciales con su padre, pasando por el periodo de adiestramiento en el campamento militar, hasta sus diferentes incursiones en Irak es el paulatino silenciamiento de la moral del protagonista bajo el signo de la violencia. Se produce así un efecto especular entre ambos bandos. Los yihadistas son presentados como carniceros capaces de exponer a mujeres y niños a la violencia, colocándolos en el punto de mira de Kyle; sin embargo, no es más benevolente el francotirador que flanquea su moral para cumplir con un deber inculcado. De ahí que el principal reflejo de Kyle (mira contra mira) lo encontramos en el francotirador iraquí Mustafa (Sammy Sheik), cuyo adoctrinamiento pasa de convertirle de medallista olímpico a un asesino igual de eficaz que el propio protagonista.

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Es cierto que la cinta se centra psicológicamente en el bando estadounidense, negándole su perspectiva a los iraquíes, de los que únicamente recibimos las impresiones que los soldados estadounidenses tienen de ellos desde la distancia como seres amorales y sanguinarios. El monstruoso retrato que se hace de ellos, capaces de matar a alguien a sangre fría con un taladro, parece justificar la incursión del ejército estadounidense y el retrato victimista de los soldados, sin embargo, en ningún momento podemos enarbolar las acciones de éstos como baluartes de la moral. Al final, no hay perros pastores, sólo lobo contra lobo y, en medio, las ovejas, víctimas de esta confrontación de fanatismos.

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Eastwood complementa su discurso antibelicista cuando sale de zona de guerra y refleja la vida familiar de Chris Kyle. La dificultad del soldado de reintegrarse en la sociedad durante los periodos de descanso habla también del carácter contra natura de la guerra, apagando la humanidad del protagonista, quien se mantiene emocionalmente aislado de lo que le rodea y en continuo estado de alerta. Convertido en un autista social, es incapaz de comunicarse con su familia o interactuar con el resto de los conciudadanos a los que ha jurado proteger, atrapado en los continuos ecos de la guerra que habitan en su cerebro. Fuera de la zona de guerra, Kyle sigue habitando en un terreno marcado por la violencia y donde cualquier estímulo amenazador es respondido con ese mismo frenesí. Sólo cuando el protagonista comienza a cuestionar el sinsentido de lo que le rodea, podrá iniciar un verdadero regreso a casa, aunque nunca liberado del todo.

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Como es habitual en su cine, Eastwood destaca principalmente por la excelente labor de dirección de actores. Bradley Cooper se empleó a fondo con este papel, no sólo a nivel físico, cambiando su propia constitución con un entrenamiento exhaustivo para encarnar de manera creíble a Kyle, sino especialmente a la hora de reflejar ese mundo interior bloqueado del protagonista. En las escenas más dramáticas, podemos reconocer en su hieratismo un fondo oscuro y violento contenido, al mismo tiempo que aporta humanidad al personaje en sus escenas íntimas con su mujer o en algunas escenas de descanso con sus compañeros de pelotón. El papel de Taya Kyle queda muy subordinado al del protagonista, pero sí da opción a Siena Miller a poder crear un personaje que el espectador pueda identificar y conocer (al contrario que en “Foxcatcher”, donde el papel de la actriz quedaba completamente anulado ante los tres personajes principales), sirviendo además de contrapunto a la personalidad de su marido. Ella resulta más abierta y liberal, más cómoda a la hora de expresar sus emociones, especialmente en lo referente al vacío que queda en la familia cuando él se va a la guerra. En cuanto al resto del reparto, el cineasta prescinde de rostros conocidos (dentro del grupo de soldados el actor más conocido es Kyle Gallner, tampoco especialmente popular), consiguiendo así un alto grado de verosimilitud en el apartado interpretativo, fundamentalmente en las secuencias bélicas.

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Eastwood siempre ha sido un confeso seguidor de la vieja escuela, un cineasta clásico, de discurso depurado y libre de manierismos. En “El Francotirador” se permite algunos juegos de lenguaje postmoderno, para dar una referencia más inmediata y documentalista a la acción (juega con la cámara en mano, con el montaje fragmentado, con la perspectiva para introducir al espectador en el conflicto); sin embargo, en esencia, su puesta en escena y su manera de comprender la historia bebe de la narrativa clásica, de ahí que podamos ver incluso guiños al western (género con el que más se identifica al autor, especialmente en su vertiente como actor) en los enfrentamientos entre Kyle y Mustafa. Eastwood ofrece una excelente labor en todo lo referente a las secuencias militares, tanto en las concernientes al periodo de adiestramiento como después las que tienen lugar en las diferentes incursiones de Kyle en Irak. Su mirada mantiene cierta distancia de la acción y los personajes, una distancia que es lo que permite al espectador cuestionar lo que está viendo y tomar una postura crítica con los personajes y el contexto en el que se desarrolla la acción. Desgraciadamente, la cinta se resiente a la hora de combinarlas con las secuencias que tienen lugar en los momentos de descanso del protagonista con su familia. El contraste rompe el ritmo de la cinta, cojeando a la hora de profundizar más en la relación del matrimonio o la vida privada de ella con los hijos, que carecen del peso dramático adecuado. Sin estos elementos, la parte de la historia que se desarrolla en terreno estadounidense acaba resultando un tanto reiterativa y carente de la intensidad y tensión del relato principal.

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Pese a esto, “El Francotirador”, sin estar a la altura de las obras más célebres de su autor, resulta un nuevo ejemplo de la excelencia narrativa de Clint Eastwood, capaz de aportar siempre una mirada humanista e inteligente al mundo que nos rodea, sin recurrir para ello a fruslerías melodramáticas, y manteniendo siempre un alto nivel de coherencia autoral independientemente de la historia que trate.

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