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Los héroes del barrio. Por Eduardo García Rojas

James Matthew Barrie escribió en Peter Pan que la infancia muere al cumplir los dos años. Lo que viene después, dicen que quiso decir, es un intento por recuperar el asombro ante el descubrimiento del mundo.

El asombro de la niñez se mete en cualquier cosa. Incluso en películas. Y entre esas películas una serie –evoco hoy ya como viejunas– en las que sus protagonistas iban enmascarados y algunos incluso llevaban capa y vestían con algo parecido a tu pijama de todas las noches.

El héroe de estas películas apenas tenía súper poderes pero repartía bofetones a diestro y siniestro sin dejar de saltar por los aires.

Recuerdo a Superargo y a Goldface, y a los Tres Supermen, trío que parodiaba –quiero creer ahora– ese cine de agentes secretos con o sin máscara pero siempre disfrazados en su lucha contra el mal.

¿El mal?

El mal en estas películas solía representarlo un magnate que desafiaba al mundo, todo muy en plan Bond pero con mucho menos presupuesto.

Otras voces más iniciadas que la mía ya han escrito sobre estas películas –imprescindible en este sentido el especial Eurotrash que editó en su momento la revista 2000 Maníacos– una especie de subgénero nacido al calor de estrafalarias coproducciones italianas y españolas para refrescar la memoria y explorar un pasado que yo ahora recuerdo en blanco en negro aunque todavía brillan con una incierta luz estas películas porque cuando salía de la función intentaba saltar y repartir bofetones a diestro y siniestro contra mis  antasmas.

Y esos fantasmas desaparecían.

Y eso te hacía feliz.

De Superargo vi al menos dos películas: Superargo, el hombre enmascarado (Nick Nostro, 1966) y Superargo, el gigante (Paolo Bianchini, 1968), y a mi más que gracia me daban un poco de morbosa inquietud por la máscara que llevaba su protagonista. Era el bueno, sí, pero no se quitaba la máscara.

Goldface (Bitto Albertini, 1967) era otra cosa ya que se ponía o se quitaba la máscara cuando lo exigía el guión.

Cuando se la quitaba resultaba ser Espartaco Santoni, que interpretaba a una especie de Flint mediterráneo. O un seductor que hoy podría ser desconcertante por políticamente incorrecto.

Sólo recuerdo de Goldface a Goldface dando saltos y muchos tiros.

Así que se ha convertido en uno de esos filmes que no quiero volver a ver. Me pregunto si será porque temo que triture otro capítulo de una infancia ya inevitablemente perdida.

Lo mismo pasa con Los tres supermen.

Y mira que me partía de la risa maríaluisa con esos tres tíos de rojo y negro y a cara descubierta que ejercían justicia.

En mi memoria aún guardo un gag tontorrón de Los tres supermen en la selva (Bitto Albertini, 1970) aunque apenas conservo recuerdo de Los tres supermen (Gianfranco Parolini, 1967), Los tres supermen en Tokio (Bitto Albertini, 1968) y Los tres supermen en el oeste (Italo Martinenghi, George Martin [Francisco Martínez Celeiro], 1973).

Debe ser que quiero que aquellas sensaciones –cuyo eco aún hoy llega atenuado– permanezcan ahí hasta que se apaguen.

Así que por el momento las recuerdo con una mueca que es casi una sonrisa dibujada en la boca.

Un recuerdo que posee la misma intensidad de un fósforo prendido que está a punto de convertirse en humo.

Saludos, arf, arf, arf, desde este lado del ordenador.

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