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¿Oscar? Por Eduardo García Rojas

Nunca he sido aficionado a poner quinielas ni a gastarme los cuatro chavos que me quedan en la Lotería pero hubo un tiempo en el que con un grupo de amigos apostábamos para ver quién sacaba más aciertos en lo de los Oscars, ceremonia que se retransmite por televisión muy tarde a este lado del Atlántico pero que nos mantenía con los ojos abiertos para comprobar si uno daba en el clavo o no.

El premio que nos jugábamos era invitar al ganador a una cena que se presumía opípara pero más que le emoción de los aciertos y la recompensa por cenar gratis, lo gracioso de aquellas veladas que terminaban con las primeras luces del alba asomando por la ventana eran las risas cuando te dabas cuentas que tus juicios no coincidían con los de los académicos, todos esos señores y señoras vestidos de etiqueta ellos y de modelos de pasarela ellas, y que momentos antes habían desfilado por la alfombra roja.

Sin embargo, la pandilla con la que me reunía dejamos de jugar a la quiniela de los Oscar supongo que por las mismas razones por las que dejas de hacer otras cosas: aburrimiento. La edad, además, nos hace distanciar de divertimentos pasados sin enojosas nostalgias, así que no noto en falta aquellas reuniones que finalizaban, ya se ha dicho, con las primeras luces del amanecer asomando por las ventanas porque otras tareas más importantes requirieron el concurso de nuestros modestos esfuerzos.

Escribo todo esto, sin embargo, porque si bien ya no trasnocho para ver la ceremonia sí que leo al día siguiente las informaciones para enterarme de quién ha resultado ganador y quién no. Más tarde, y por la televisión, veo los resúmenes de la gala y las sonrisa de circunstancias de los protagonistas que no resultaron galardonados. Ya saben, ese momento cargado de morbo en el que la estrella aplaude con estoicismo al ganador lamentando no pronunciar sobre la tribuna las cuatro letras que había redactado para darle las gracias a la familia, los amigos y los académicos por un premio que, ya ven, no ha recibido.

Pero estas sensaciones son ecos. El resultado de una tradición con la que me lo pasé tan bien durante algunos años, que verdadero interés por observar qué película, qué actor o actriz, qué guión, canción o banda sonora se ha llevado la estatuilla dorada.

Entre otras explicaciones, esta indiferencia que ayer era febril entusiasmo se debe también a mi escaso seguimiento del cine norteamericano actual. Apenas son dos o tres títulos los que he alcanzado a ver de los que figuraban en la lista de nominados, y la sorpresa de que se lo haya llevado o no Michael Keaton por Birdman me da, para que voy a engañarme, francamente igual. O aquel lapidario me importa un bledo que le soltaba Clark Gable a la rebelde y caprichosa Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó.

Y viento, que no es otra cosa que los Oscar y otros premios bastados e imitativos surgidos en otras cinematografías, es lo que hoy me proporcionan los Oscar. Indeferencia mayúscula aunque los norteamericanos, que de esto saben mucho, sean unos maestros del espectáculo. De la fiesta, de amenizar una gala con endiablado ritmo.

Pero luego ná más.

Y ná menos.

La noche del domingo la aproveché para ver un documental.

Un documental pequeño pero muy didáctico sobre un río que parece que ahora carece de vida. Near the River, se titula, y lo dirige Ada Vilageliú con su padre Josep como operador de cámara. Y pienso que es una pena que una película tan pequeña pero tan sincera en su exposición sobre los habitantes de un barrio que circunda el río Anacostia en Washington, pase tan desaperciba…

El trabajo, pero ya nos ocuparemos de él más adelante, está rodado con delicada profesionalidad y destila mucha verdad.

Esa verdad en la mirada que demanda adaptar su experiencia a la realidad en la que vivo. Una realidad circunscrita a una región desvertebrada pero con tantas historias humanas que el cine, a veces, obliga a que nos acerquemos a ellas para cambiar el oxidado chip que llevamos dentro.

Saludos, and the Oscar goes to…, desde este lado del ordenador.

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