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James Ellroy muerde, no ladra. Por Eduardo García Rojas

Penguin Random House publicará el 26 de marzo la última novela de James Ellroy en España. ¿Su título? Perfidia. ¿El número de páginas? 720. ¿La acción?, al parecer se desarrolla a principio de los años cuarenta, continuará con tres novelas más y puede ser entendida como una precuela de su tetralogía de Los Ángeles (La dalia negra, L.A. Confidential, El gran desierto y Jazz blanco).

Los años cuarenta han sido una década en la que el señor Ellroy ha sabido moverse muy bien. Su revival, de hecho, mostró la degradación de los habitantes de una ciudad que vivía y vive del glamour de fabricar sueños. ¿Nombre? Hollywood.

El escritor de madre ausente y pasado tenebroso demostró con sus primeras novelas que irrumpía en el género policial como un vagabundo en un restaurante para gente fina.

Desde el principio resultó ser otra cosa.

Sus novelas destilaban una crudeza demasiado real, nada que ver con la pornográfica heredera del pulp o la literatura de dos céntimos.

Con Réquiem por Brown y sobre todo El asesino de la carretera, estos relatos de Ellroy, escritos y ambientados a finales de los setenta, atrapaban a un desconcertado lector como a un ratón cuando va a perder la cabeza en la trampa del queso.

Luego vino la trilogía Lloyd Hopkins, y tanteos retros como Clandestino.

Y más tarde…

Cuando Ellroy se hacía nombre y hombre:

La dalia negra y El gran desierto y L.A. Confidential y Jazz Blanco, novelas que lo empujaron a la fama y a que se le reconociera no como un autor sino el autor que en el norte de Europa ya llamaban “el perro rabioso”.

Y rabia, que es una forma extrema de estar furioso, es un buen calificativo para definir el trabajo de un escritor que intentó ser más furioso, pero menos rabioso, en su sin embargo descarnada trilogía norteamericana de los años sesenta (América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda), en la que hace falta recurrir a un dramatis personae para no perder el hilo de un sincopado e histérico retrato del fin del sueño americano.

Una violenta y ácida fotografía de un país conmocionado aquellos años por el asesinato del presidente  John Fitzgerald Kennedy, las drogas, la paranoica vigilancia del director del FBI, John Edgar  Hoover, mientras la CIA con la colaboración del crimen organizado ataca la Cuba castrista y piensa en cómo hacer rentable un conflicto desatado en un lejano país asiático llamado Vietnam.

Algunos de los protagonistas de estas novelas son, de hecho, los supuestos francotiradores que le volaron la cabeza al presidente Kennedy. Y ninguno de ellos se llama, precisamente, Lee Harvey Oswald.

Algo tiene Ellroy

¿Da fiebre?

Hasta le fecha se ha publicado en España todo lo que ha escrito con el disfraz de un libro.

Novelas, cuentos y ensayos.

Algunos de estos libros tan dolorosos como en el que narra la investigación que emprendió muchos años después para intentar averiguar quién fue el asesino de su madre, Mis rincones oscuros. O la irregular A la caza de la mujer, en la que describe con gruñidos sus relaciones con las mujeres.

En Destino la morgue se pueden leer algunos de sus trabajos periodísticos sobre su país, los Estados Unidos de Norteamérica. Y todos ellos escritos con la mirada rabiosa un ciudadano. De rabioso individuo.

James Ellroy no da ladridos.

Es un perro que muerde.

Y eso explica que los conservadores puristas del género no terminen por tomárselo en serio.

James Ellroy, ya se ha dicho, muerde.

Y cuando muerde trasciende las fronteras del puñetero género: indaga en sus rincones oscuros.

Rincones que son tan oscuros como los nuestros.

James Ellroy es esa clase de tipo de los que te acuerdas de la madre que lo parió porque se te mete en las venas y no tiene intención de irse.

Es de los que muerde, no ladra.

Saludos, se acaba el Carnaval, desde este lado del ordenador.

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