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Una exposición en Tenerife rinde homenaje al rey del ‘pulp’ español: Pedro Víctor Debrigode. Por Eduardo García Rojas

La tarde noche del jueves participo junto al escritor y músico Roberto Cabrera en una charla sobre el escritor Pedro Víctor Debrigode, uno de los maestros de la novela popular en España pese a que los despistados de siempre cuestionen el valor de la novela popular no ya de este país sino también de la de otros territorios más generosos e inteligentes con esta literatura creada y pensada para toda clase de públicos.

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Llegué a Debrigode gracias a una publicación, El Vigía, que coordina Cabrera, y fue él quien me puso en contacto con la hija de este escritor, Victoria, que estuvo también en el encuentro del jueves y en el que se intentó con mejor o peor fortuna hacer justicia al autor, de quien este año se celebra el centenario de su nacimiento y que vivió gran parte de su vida en Tenerife, donde no paró de imaginar espectaculares novelas de aventuras en su máquina de escribir que, señaló Roberto Cabrera para dar más lustre a la leyenda, solía teclear de noche y con varios relojes en la muñeca para no equivocarse con los horarios cuando estaba metido en sus relatos de espionaje.

La Biblioteca Municipal Central de Santa Cruz de Tenerife TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge una exposición sobre Debrigode, en la que se encuentran además de muchas de las novelas de kiosco que escribió, fotografías y originales que rinden tributo a uno de esos grandes escritores que en otro país ocuparía el lugar que se merece. Desgraciadamente, Debrigode nació y trabajó en España, lo que explica que continúe siendo hoy prácticamente un desconocido para la mayoría.

Viajarán, si visitan la exposición, a un pasado no sé si más simple pero sí vestido con un encanto que respiraba aún una pátina de inocencia que el paso de los años ha disuelto en  nuestra memoria.

Todavía me emociona contemplar las magníficas portadas ilustradas de esas  novelas de bolsillo que leían toda clase de lectores para transportarlos a otros escenarios y evadirlos de la dura realidad de la postguerra y pienso que muchos de aquellos lectores están en deuda con escritores como Debrigode porque a través de su literatura se olvidaron momentáneamente del gris que caracterizaron a aquellos años de hambre.

Uno de los muchos personajes que creó Debrigode, quien escribía entre cuatro a seis novelas al mes, es El Pirata Negro, que se encuentra entre los protagonistas más populares de su producción y una de cuyas aventuras se desarrolla en la isla que lo acogió. Su título es Escala en Tenerife y la firma como Arnaldo Visconti. Huelga decir que espero leerla cuando la exposición clausure en enero.

Roberto Cabrera explicó durante su intervención que en esta aventura, el protagonista participa en una rebelión de los guanches contra quienes los esclavizan. Todo escrito en clave de pulp, de novela de kiosco, de aquellas que se vendían junto al pan, los periódicos y las golosinas. Me pregunto qué pensarían los lectores canarios de aquellos ya lejanos años al llegar a sus manos este librito que cuenta con una portada muy atractiva e insólita y en la que se observa al pirata negro junto a una maga ataviada con el traje típico de la isla.

Tras las charla, parada con los escritores Jesús y Marcelino en una cafetería para tomar unos rones y hablar de la ciudad en la que vivimos y de mujeres de vida alegre. Cae la noche mientras tanto sobre una urbe en la que al menos ha dejado de llover aunque no termina de salir el sol por la mañana.

Recuerdo, a modo de punto y final, que hace años era corriente tropezarte por los barrancos de la capital con rebaños de cabras y pienso que me encuentro con los descendientes de esas mismas cabras todos los días, solo que ya no pastorean en los tajos sino en sus calles y avenidas.

Y escucho su balido. Ese balido que también es el mío.

Saludos, telón, desde este lado del ordenador.

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