FIRMAS Salvador García

Una duda de estado. Por Salvador García Llanos

En el lenguaje coloquial a una persona de ese perfil, de esas características, se la despachaba antes con una sola palabra: confianzudo. Así, sin más. Y el proceso de pérdida de credibilidad o de rechazo empezaba a desarrollarse, automáticamente.

Ahora, no. Ahora, como si la crisis de institucionalidad fuera de menor entidad, se suma un personaje que es capaz, por su comportamiento y por sus hechos, de generar un debate mediático de aquí te espero. Que hayan salido a desmentir sus afirmaciones, de forma sucesiva, el Centro Nacional de Inteligencia, la Casa Real o La Moncloa ya hace fruncir el ceño. Mosquea, por emplear otro término coloquial.
Lo que parecía un juego, lo que produjo la admiración de no pocos ciudadanos, se ha convertido en una duda de Estado. Una descomunal duda de opinión pública. Eso sí: todos coinciden en que tiene que haber algo o alguien detrás. Que por mucha iniciativa unipersonal que se tenga, por mucha capacidad de relacionarse, por mucha empatía que despierte entre altos cargos, círculos y allegados, no parece que se mueva en solitario. Y sobre todo, que no haya sido frenado en esos delirios de magalomanía por alguien, por quien sea.
De manera que el impostor -si es que así se puede considerar a quien todo el mundo conoce como pequeño Nicolás- abre debates infinitos en tertulias mediáticas e inspira artículos e informaciones donde es inevitable hacerse preguntas de todo tipo.
Sobre todo, una: ¿quién le apadrina, quién le protege, quién estará detrás?

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