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Corrupción, entre convenciones y colusiones: la lógica del poder. Por José Oriol Rojas.

Decimos corrupción pero muchos podrían poner en duda el término. Hagamos una radiografía.

Está claro que cuando en política alguien aprovecha su cargo para enriquecerse no actúa bien y eso, desde el punto de vista legal, se llama «corrupción». Sin embargo, este vocablo hace referencia igualmente  a la oxidación de los metales, a los procesos  químicos de descomposición o putrefacción, y más recientemente a la presencia de ruido en una transmisión de datos. En todo caso, a la pérdida de su virtud original, sus condiciones de partida.

Las objeciones al uso generalizado del término vienen dadas por la clase de alteración producida, no es lo mismo robar aprovechando el cargo, que recibir gratificaciones por tenerlo. No es lo mismo pactar con un banquero para crear leyes que protejan sus altas finanzas que legislar para blindarse en el cargo. Y así sucesivamente… y es que en política, como en otras muchas profesiones hay ladrones y estafadores, y eso podría no ser corrupción, dado que el individuo ya era ladrón o estafador en sus condiciones de partida, antes que político.

Por lo tanto, la clase de delito que debería preocuparnos no es aquel que tiene lugar en otros muchos estamentos sociales, sino aquel que se comete en virtud del propio cargo que se ostenta. Aquellos que no son delitos o que el político no percibe como un acto ilegal, porque los lleva a cabo en congruencia con los principios y fines del propio partido del que forma parte.

La carrera política de un individuo solo puede llegar a desarrollarse cuando se dan dos condiciones, por una parte, que el interesado lo sea y mucho, y por otra, que haya personas dispuestas a apoyarlo y promocionarlo. Como se verá, un juego de dos pedales influidos recíprocamente, en tanto que los apoyos solo los recibe cuando los demás creen en su capacidad para ser político, pero sus capacidades  solo crecen en la medida en que va realizando acciones apropiadas al gusto de los demás.

Y como quiera que los interesados son siempre varios, el candidato aprende pronto la lógica de la colusión, entiéndase,  a la realización de pactos con otro, con la finalidad de perjudicar a un tercero. De hecho, cuanto mejor domina ese arte más rápido se desarrolla su carrera.

La lógica de los partidos políticos es esta,  y como no se puede cuestionar, dada la propia organización  de los partidos, la colusión es una convención, es decir, forma parte del sentido común.  Así, alianzas, conspiraciones y colusiones, conforman el medio ambiente en el que se aprende a ser político, acentuando, precisamente, la ambición de poder como fuerza motriz que engrana y moviliza toda esta maquinaria.

El individuo con ansia de poder solo detesta una cosa por encima de cualquier otra, y es perderlo, y por tanto su principal enemigo es  la incertidumbre. Reducirla se vuelve su principal obsesión y dedica a ello la mayoría de sus esfuerzos, aumentando progresivamente el control sobre el entorno, para así asegurar la permanencia en el centro de las preferencias de los suyos  o en el cargo.

Pero no es solamente la permanencia en el cargo por medio del control exhaustivo de todo aquello que pudiera afectarle lo que le mueve, sino que además necesita llevar a cabo acciones que lo consoliden como aspirante para un destino superior. La «carrera» política tiene mucho más de escalada que de carrera y por tanto, tener la mirada puesta arriba mientras evita todas las perturbaciones que vienen de abajo es dominar el arte de la estrategia social y pública.

Para hacerse fuertes en una parcela de poder con proyección es habitual llevar a cabo varios tipos de pactos en alguna medida colusivos: pactos de teorías, para compartir falsamente un punto de vista o una teoría sobre algo; pactos de contraprestación, para obtener algún beneficio a costa de ceder otro; pactos económicos, donde se intercambia dinero por favores; pactos de connivencia, para fidelizar a los subordinados y no perder el control; pactos de representación, para escenificar una congruencia de criterio que puede no existir en realidad.

Colusivos, propiamente dicho, para dañar o debilitar a enemigos comunes, y así un largo etc.

Los ideales de desarrollo de carrera profesional ilimitada, popularidad y éxito económico, impregnan a la mayoría de las personas de una sociedad que se autodefine como capitalista, de modo tal que la vida de los políticos no logra sustraerse a esos mismos ideales. Es decir, piensan como empresarios ávidos de beneficios para su empresa unipersonal,  mientras su vida pública transcurre en la escenificación dramatizada, en la puesta en escena de lo conveniente y lo convenido.

Por todo esto, la tesis que vengo a proponer es que el carácter colusivo de las convenciones por las que se rige el desarrollo de la carrera política es intrínsecamente generador de comportamientos que pueden alentar la transgresión.  Y que la lucha contra la corrupción solo puede abordarse seriamente redefiniendo las reglas del juego político, de forma que prosperen a los puestos de más responsabilidad las personas  más preparadas y no aquellas que más intensamente lo desean.

En otros términos, que la ambición de poder sea considerada una característica personal incompatible con el ejercicio de la vida política. Y por contra, que la vocación de servicio a los demás se constituya en un principio rector. Es posible que haya llegado el momento de redefinir el concepto de liderazgo para ligarlo a la noción de sabiduría, y alejarlo de otros,  ya anacrónicos,  como audacia y ambición.

Psicologo Tenerife

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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