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La siesta. Por Eduardo García Rojas

 

Penetro en las entrañas del cine Víctor para consumir un producto que se titula Guardianes de la galaxia.

Me siento en la butaca de la planta de abajo porque el Víctor es un cine de verdad y aprovecho para divagar contemplando la lámpara del techo mientras me invade la sensación de recuperar un pasado que en gran parte quemé, precisamente, en esa misma sala que hoy ennoblece una capital de provincias tan acostumbrada a maltratar sus señas, como si no quisiera tener memoria.

Me entra viruje pasear frente al edificio/templo masónico de la calle de San Lucas y por la Plaza de Toros… También por la de los Patos, que está a dos pasos de un Ayuntamiento que necesita hoy más que nunca de guardianes.

Igual son los de la galaxia.

La cuestión es que hacía tiempo que no iba al cine, y menos a un cine como el Víctor, así que continúa emocionándome el rito de que se apaguen las luces y que dé un salto en la butaca cuando irrumpe el sonido y empieza la película.

Procuro estirar las piernas como en casa y abro los ojos como no lo hago en casa dispuesto a dejarme ir por lo que, me dice un amigo, es una película de la que no te vas a quejar.

Mantengo los ojos abiertos…

Parte de la educación sentimental de mi adolescencia y primera juventud se forjó leyendo historietas de la Marvel y la DC en unos tiempos en los que ni se sospechaba que los japoneses también hacían colorines. Y a ellos le debo, a los héroes con poderes de aquellos comics, haber pasado unos buenos ratos.

Con el paso de años esas y otras distracciones más que cambiar se adaptaron u olvidaron, por lo que relegué sus lecturas porque al no continuarlas episódicamente me perdía con cada nuevo tebeo que caía en mis manos. No reconocía a nadie del equipo de la Patrulla X, o los X-Men; Bruno Díaz se llama ahora Bruce Wayne…

Pese a todo, a unos cuantos les sigo el paso con sus adaptaciones al cine. El Spiderman de Sam Raimi recuperó mi Hombre Araña de Steve Ditko… Muchas de esas películas alimentaron y alimentan la llama que todavía guardo en algún sitio y que resiste a apagarse…

Comienza pues Guardianes de la galaxia.

Y yo con los ojos abiertos.

Guardianes de la galaxia, una película que adapta unos comics de los que no tenía ni puñetera idea.

Y ahí estoy, ya digo, con los ojos abiertos como platos viendo como un tío guapo, una tía guapa pero anoréxica y pintada de verde, un mapache, un hellraiser y un árbol humanoide saltan de un planeta a otro sin que me entere muy bien de que va la cosa, aunque en estas historias eso es lo de menos.

Los ojos, que están a punto de saltarme de las órbitas, solo ven. Pero la información que recogen es insuficiente para transmitirme algo.

¿Importa acaso?

Presto mi atención al mapache y al hombre árbol, que están recreados digitalmente, y en cómo interactúan con los actores de carne y hueso de la película: el tío guapo, la tía anoréxica pintada de verde y el hellraiser.

La película continúa con rosarios de cachetones, piñazos y tiros. También naves espaciales, un cuchillo que flota en el aire por el silbido de un tipo con corte de pelo semínola, y un tal Thanos, que está sentado en un trono que flota en el aire…

Me dejo mecer por las imágenes que me arrastran a esa nada tan agradable y serena que llamo siesta.

Siesta con los ojos bien abiertos, redondos como platos hasta que finaliza la película y salen los títulos de crédito.

Hago pues amago de levantarme cuando la voz del vecino de butaca me advierte: “Hay más”.

Vuelvo a sentarme mosquiado y continuo con los ojos abiertos como platos mientras leo algunos de los nombres de la legión de técnicos digitales que forman parte del equipo de la película. La lista es inacabable y solo da tiempo para leer dos o tres entre los que se suceden.

Y así hasta llegar a las canciones y agradecimientos…

Y sí, sí que hay algo más…

Al encenderse las luces de la sala observo el amplio y palaciego patio de butacas.

Y me doy cuenta que no hay un vecino de butaca.

Saludos, eso es todo, desde este lado del ordenador.

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