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El caso Fonseca. Por Eduardo García Rojas

Yo cada vez me volvía más egoísta. Pensaba: no aguanto más esta vida, pero no tenía valor para abandonar a Cristina. Eso no se debía a ningún sentimiento de generosidad. Apenas a que no soportaba la idea de que alguien se fuera a vivir con ella. Para decir la verdad, no tenía el menor interés sexual. Después de diez años de casado todo se acaba. Es una pena, pero se acaba. De nada sirve tratar de seguir las instrucciones de los manuales que procuran garantizar la supervivencia del matrimonio por medio de ejercicios sexuales, recetas de comprensión y autoanálisis, y demás. Yo no había dejado a Cristina tan solo porque la consideraba mi propiedad privada.”

(El caso Morel, Rubem Fonseca, colección Narradores de hoy, editorial Bruguera, 1978. Traductor: Carlos Peralta)

Entre los escritores intocables que han navegado con fortuna en la novela policíaca se encuentra Rubem Fonseca, un autor que casi todo el mundo conoce aunque casi nadie ha leído.

No es dado el señor Fonseca a dar entrevista ni a que se le fotografíe. Es un tipo muy celoso de su intimidad, uno de esos escritores que como los norteamericanos J. D. Salinger y Thomas Pynchon, huyen de una fama que sus lectores reclaman tras haber leído algunas de sus novelas.

Empecé a leer a Fonseca sin saber cómo era físicamente aunque en los últimos años sí que pude verlo en algunas fotografías y la decepción fue grande ya que sin haberme creado una imagen del escritor la real, la que se mostraba no tenía nada que ver con la que sospechaba. Pero esas cosas pasan.

Antes de ser escritor Rubem Fonseca fue, entre otras cosas, policía. Un policía de despacho pero policía al fin y al cabo, así que no resulta nada extraño que terminara dedicando algunas de sus mejores historias a lo criminal. Aunque lo criminal en manos de Fonseca son más cosas que lo criminal en sí.

Entiendo pero no asumo que los libros de Rubem Fonseca resulten tan extraños para algunos seguidores del género negro. Claro que las novelas de Fonseca van más allá de un relato criminal. De hecho, lo criminal es más bien una anécdota en sus historias. Historias de necesaria lectura para tomar el pulso no solo de ese gran país que es Brasil sino de cómo poco a poco estamos los humanos evolucionando como especie.

El escritor cuenta entre otras novelas con dos títulos que considero de obligada lectura no solo a lectores negros sino también de otras lagunas. Me refiero a El gran arte y Vastas emociones y pensamientos imperfectos. También a El caso Morel, un extraño y laborioso viaje a lo que somos y un estudio sobre quien toma conciencia y quiere ir más allá de esos límites.

El caso Morel comienza con la visita a la cárcel de un agente de la policía al protagonista de la historia, Paul Morel, un fotógrafo de éxito que cumple condena acusado del brutal asesinato de una mujer. En otras visitas, Morel le irá entregando una serie de páginas en las que narra el relato de su vida, aunque la novela no se queda solo en este plano sino que salta a otros espacios para contar otras historias que, inevitablemente, tienen que ver con la de Morel.

Fonseca ata y desata la trama, lo que en un principio produce cierto desconcierto en ese lector demasiado acostumbrado al sujeto-verbo-predicado, pero aquí respira uno de los pulmones de esta novela, que se disfraza de sencillez.

En contra de otros relatos de Fonseca, El caso Morel es el retrato de un hombre normal y corriente cuyas costumbres dejan de ser normales y corrientes en una sociedad demasiado cómoda y embriagada en sus límites. Claves morales que están ahí para que no te salgas del camino.

Morel hace todo lo posible para salir de ese camino. Vive con cuatro mujeres de condiciones sociales diferentes, con quien se relaciona con una sinceridad que no es crueldad aunque pudiera parecer lo contrario.

Es el juego. Un juego que averiguará si lee esta novela.

Al margen de la historia e historias que se van diseminando por El caso Morel, Ruben Fonseca reflexiona sobre su país y sus gentes como si lo observara desde un microscopio.

Y algunos de sus párrafos te hacen levantar la mirada del libro.

– La mayoría de los hombres de nuestra clase social –le dije a Gigi– inicia su vida sexual con putas o criadas, chicas importadas del norte o traídas de las favelas, en su mayoría mulatas a las que el hijo de la familia jode con desdén. Sabes, Laura, ayer mi marido pescó a Eduzinho en la cama de la criada: una frase dicha con gracia y alivio por las madres, el chico aprende a ser hombre  y no es necesario darle más dinero. –Gigi me miraba asustada–. El chico crece con la idea de que el acto sexual es una experiencia indigna y subterránea, y que las mujeres que se someten no pueden ser nunca dignas de respeto; se las culpará de todo lo malo que pasa en la Casa del Patriarca y se las considerará débiles mentales porque solo así, por la falta de respeto del hombre a la mujer podrá subsistir el matrimonio. El gran mito brasileño de la mulata como diosa sexual deriva de esta contingencia cultural. La mulata tiene la piel bastante oscura para parecer inferior a las mujeres de la familia del macho blanco, lo que le permite a éste rehacer las deseables condiciones de la primera experiencia sexual sin la menor ansiedad. Nada mejor que una mulata para la sodomía, es un tópico en todo el país.”

Saludos, y la nave va, desde este lado del ordenador.

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