FIRMAS

Trocitos de corazón. Por Manuel Herrador

Verano, agosto, vacaciones. Y entonces, te acuerdas de cuando tú –hija o hijo- ibas a ver a tus padres aquellos primeros años en los que la vida decidió enviarte a estudiar o a trabajar a otra residencia distinta a la que ellos vivían. Y ahora, cuando son tus hijos los que vuelven, te das cuenta lo bello que es llenar la casa de voces, escuchar la televisión a volúmenes de concierto al aire libre, sentir la alegría que produce abrir la nevera o el armarito de la cocina y comprobar que se multiplican los tipos de galletas, los rellenos de los chocolates y los diferentes sabores de las bolsas de las papas fritas. El resto del año, ni puedes comerlas ni se te ocurre comprarlas.

Y esa habitación de tus hijos que durante el invierno está vacía y perfectamente colocada, se transforma durante días en la más bonita leonera desordenada. Y las lavadoras no paran de centrifugar el vestuario de los dos maletones cargados de ropa y de zapatos que tus hijos dejan, a medio abrir, sobre una silla de su dormitorio. Y, como ya cobran un sueldo, te invitan a cenar y a comer en los mismos sitios en los que tú pagabas siempre.

Y, aunque estás destrozado por dentro porque la cuenta atrás para su vuelta a la gran ciudad ya ha comenzado, a la vez, estás alegre de saber que ellos son felices con su nuevo trabajo, con sus retos más próximos, con sus enamoradas parejas y con su merecida libertad de acción. Es el eje vital por el que todos hemos pasado. Y aunque sabes que están contentos en sus excitantes vidas, el dolor de separarte temporalmente de ellos te entristece. Estos mismos momentos pasaron nuestros padres con nosotros cada verano y, ahora, nos pasa a nosotros con nuestros hijos.

Ya no les regañamos con mal humor, sino con ironía. Ya no les prohibimos, ahora les pedimos. Ya no les castigamos, sino que nos reímos. Ya permitimos que ensucien el salón, su habitación, que dejen el baño desordenado y que duerman hasta la hora que quieran. Les dejamos que elijan el menú de cada día y que nos corrijan y se rían con nuestras primeras faltas de memoria o con el desconocimiento del último cantante de moda.

A veces, vuelven a casa acompañados de sus parejas. Mujeres y hombres que pasan a enriquecer nuestras vidas y que llenan plenamente las de ellos. Otro regalo más de vida. Futuras nueras y yernos que aceptamos y queremos con la fuerza que se merece quien es capaz de hacer feliz a nuestros hijos.

Ellos, son un trocito de nuestro propio corazón que late tiernamente a miles de kilómetros, en perfecta sincronización con el nuestro, pedacitos de amor capaces de enviarnos señales de alegría y de pena cuando ellos, muy lejos, gozan o sufren.

Los dichos y sentencias populares no tienen un fundamento científico pero, casi siempre, se cumplen. Quizá por aquello de que “el corazón no habla, pero acierta”. Por eso, por si acaso, para el verano que viene yo intentaré que se confirme este refrán: “De hijos y de bienes, tu casa llenes”.

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