FIRMAS Marisol Ayala

Eterna gratitud. Por Marisol Ayala

Es una amistad de veintitantos años. Nos conocemos bien y por tanto tratar de engañarnos es una tarea abocada al fracaso. Ambas hemos visto crecer a nuestros hijos, hemos vivido buenos y malos momentos a lo largo de ese tiempo. Tenemos mucha complicidad. Las dos hemos sabido siempre el estado anímico de la otra, pero sin tener necesariamente que vernos cada día. No. El tono de la voz nos delata. Su casa ha sido mía y la mía la suya. Es una profesional de mucho éxito y por tanto de prestigio social. Médico. Tres hijos ella, yo, dos. En los acontecimientos importantes de nuestras vidas familiares y profesionales hemos estado juntas. Siempre. Es una mujer que exterioriza poco sus sentimientos, alegrías o tristezas, como si dejarlos al aire le convirtiera en un ser vulnerable. No recuerdo en tantos años de amistad haber visto su emoción. Jamás. Hace dos meses que su valía profesional le ha llamado a tareas profesionales en Madrid. Una oferta le anima a dejar la isla e instalarse en la capital de España. Un paso importante en su vida. Hace dos meses cerró casa en Las Palmas de GC y viajó. Ahora va y viene. Estos días regresó de nuevo a la tierra en la que ha sido feliz, en la que criado a sus hijos, en la que deja tantos amigos que ha tenido que hacer un planing para vivir con cada uno de ellos en cada viaje relámpago. Nos peleamos por acogerla. Ahora está en Gran Canaria para cumplimentar un compromiso profesional, coletazos de la despedida. Viene con las horas contadas por tanto hay que ponerse a su disposición para consensuar el estar a su lado y, a su vez, que pueda cumplir compromisos. Almorzamos. Su mudanza ha sido complicada y el corre, corre nos ha impedido una charla sosegada. Hasta ayer.

Por primera vez he visto llorar a mi amiga, emocionarse de pura gratitud. Lo sabía. Lo más duro de instalarse en Madrid ha sido para ella, dura y capaz, separarse de una persona, la señora que trabajó en su casa, la que crió a sus hijos, la que cuidó de ella misma como la madre que no era. Intentó llevársela a Madrid con sus hijos y sus nietos recién nacidos, pero no pudo ser. Ha tratado de alargar la despedida hasta el límite pero el doloroso adiós llegó y es cuando reconoce entre lágrimas serenas la importancia que ese ser entrañable y fiel ha tenido en su vida y en la de sus hijos. No quiere dejarla sola, no quiere que trabaje en otro sitio que no sea sus amigos, quiere ampararla en lo personal y en lo económico y lo tiene amarrado. No la dejará sola. No puede mencionarla sin que se escapen las lágrimas. Así es mi amiga, así.

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