Sin categorizar

Érase una ven en Santa Cruz de Tenerife… Por Eduardo García Rojas

El fantasma de Nelson y quien les escribe visitamos esta mañana las instalaciones del Museo Militar de Almeida donde mantuvimos una agradable conversación observando las maquetas que reproducen su frustrado ataque a la capital tinerfeña hace ya más de doscientos años. Nelson, que ya se había tomado unos vinos,  casi me obliga a reventar la vitrina donde se guarda la bandera de la Union Jack, esa misma en la que se lee Emerald, uno de los navíos británicos que participaron en la batalla.

– ¡Soy un fantasma y no puedo!.- exclamó el héroe de Trafalgar.

– Y no le parece mejor que nos tomemos una cerveza con un plato de queso amarillo.- respondí llevandómelo a la salida.

– ¡Vino!.- sentenció Nelson apresurando el paso.

Dimos un largo paseo por las inclinadas calles de Santa Cruz de Tenerife hasta llegar a la  plaza de España, donde me encontré con muchos amigos de la Asociación Histórico-Cultural del 25 de julio de 1797. Dos cañones bajo el arco de la Alameda del Duque de Santa Elena custodiaban la entrada a un campamento en el que soldados españoles y británicos vestidos de la época confraternizaban. El público se mezclaba en esa recreación que me hizo retroceder en el tiempo y a Nelson le hizo gracia. Tanta, que se llevó la mano al muñón que perdió por algún lado.

– ¡Vino!.- gritó.

Soplaba algo de brisa y nos sentamos en la terraza de una tasca donde el fantasma de Nelson además de vino se empeñó en un plato de camarones.

– Me saben a mar.- dijo bebiéndose de un trago el segundo vaso de tintorro. Cuando ya iba por el quinto se levantó y se puso a caminar como si andara por la cubierta de un barco.

– Ups.- dijo entonces llevándose la única mano a la boca.- Creo que voy a vomitar.

– No hombre, no… cómase los camarones.- le dije con mala leche.

Nelson continuaba dando eses aunque tuvo tiempo de mascullar algo así como una palabrota pero como la dijo en inglés no me di por enterado.

Al final me dio pena verlo vomitar en uno de los hitos que se han colocado recientemente por la plaza de España. Pero qué demonios, de repente se me había encendido el espíritu patriótico y pensé que si una vez le arrancamos el brazo no quedaba mal hacerlo vomitar, aunque Nelson, limpiándose la boca pidió otro vaso de vino.

Al final perdí el cálculo, pero creo que fue por el cuarenta y tantos cuando se levantó de la silla, se frotó satisfecho la barriga y dando un sonoro eructo dijo que se iba.

Lo acompañé hasta un lugar que no puedo revelar por razones de obvia discreción. Y allí se detuvo, miró a su alrededor y soltó otro eructo.

– En fin, hasta el año que viene.- dijo acariciándose el muñón.

Torpe me cuadré para saludarlo militarmente y casi se parte de la risa el fantasma de Nelson. El espectro se plegaba a un lado y al otro mientras soltaba la carcajada.

– ¡Vino, más vino!.- gritó hasta desaparecer en el aire.

En la ilustración Laurence Olivier como Horacio Nelson en Lady Hamilton (That Hamilton Woman, Alexander Korda, 1941)

Saludos, érase una vez en…, desde este lado del ordenador.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario