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Fernández Arcila, el peligroso concejal chicharrero. Por Juan García Luján

No tengo el gusto de conocer personalmente a Pedro Fernández Arcila. Desde el año 2011 cuando salió elegido junto a Asunción Frías concejal de Sí Se Puede en Santa Cruz de Tenerife he hablado con Arcila en una decena de ocasiones en entrevistas telefónicas en la radio. Pero he podido seguir su trayectoria estos años, y he seguido la formación, el nacimiento y la evolución de Sí se puede desde los años del movimiento popular contra las Torres de Vilaflor, contra el Puerto de Granadilla, con el nacimiento de Asamblea por Tenerife y de Sí se puede.

El trabajo de Sí se puede en Santa Cruz de Tenerife ha estado marcado por la coherencia entre su discurso y la práctica política. Han realizado una política de izquierdas con apoyo a movimientos sociales y vecinales en las luchas contra los desahucios, las casas fuera de ordenación, las corruptelas de Las Teresitas, las turbias aguas de Emmasa, el reconocimiento a las víctimas del Franquismo que han sido ignoradas e insultadas por uno de los ayuntamientos que más ha tardado en quitar los nombres franquistas de las principales calles.

Antes que Pablo Iglesias y las tertulias de la Sexta, en Tenerife mucha gente llevaba unos cuantos años denunciando al tripartito que se ha repartido el poder en la isla: CC, PP y PSOE. Unos al norte y otros al sur. Cada uno con sus respetables militantes, pero también con sus porcentajes de dirigentes corruptos con sus correspondientes aliados empresariales en el sector de la construcción, de la agricultura y el mediático. Profesores universitarios, trabajadores sociales, activistas de movimientos sociales, viejos militantes de la UPC, jóvenes del movimiento estudiantil han ido construyendo en diferentes municipios “Sí se puede”. Si Madrid fuera Tenerife y Tenerife Madrid, ahora mismo en Vallecas se montaría el círculo de “Sí se puede” y no viceversa.

Todo esto lo saben los que mandan en Tenerife desde los años de Secundino Delgado. Por eso los nervios que sufren Esperanza Aguirre y otros dirigentes peperos desde que Podemos entró en el Parlamento europeo con 5 escaños son los mismos nervios que tienen los mandamases políticos y económicos de Tenerife. Por eso en las últimas semanas han convertido a Pedro Fernández Arcila en una especie de Pablo Iglesias, de enemigo a batir. Le están analizando el currículum, los casos que ha llevado en los juzgados, los trabajos que les han encargado en instituciones o empresas privadas.

Y como no colaría que descubrieran etarras a su alrededor, como no aparecen Hugo Chávez ni los hermanos Castro. Entonces convierten en noticia que Fernández Arcila cobró por un trabajo como abogado que hizo ¡en el año 2008! para el ayuntamiento de Granadilla. En el mismo texto de la ¿noticia? se reconoce que no hay ninguna ilegalidad, que, al contrario, el trabajo consistió en la realización de informes sobre presuntas ilegalidades del gobierno de González Cejas (que había sido alcalde socialista y desde 2011 regresó a la alcaldía con un pacto PSOE-PP). En Madrid la derecha es más transparente y Esperanza Aguirre y su tropa realizan sus campañas anti-Podemos delante de las cámaras. En Tenerife utilizan a tontos útiles (algunos hasta se dicen de izquierda) y a los habituales altavoces del régimen. Lo que Pablo Iglesias llama “casta” en las islas los hemos llamado caciques toda la vida.

Como abogado Pedro Fernández Arcila pisó los callos de algunos caciques que han participado en lo que serían nuestros gürteles bananeros. En el ayuntamiento el trabajo de Arcila y Asun Frías es absolutamente criticable, como el de todos los que cobran un sueldo público. Pero una cosa es criticar sus posiciones y otra echar basura para extender esa idea tan rentable para los defensores del statu quo “todos los políticos son iguales”. Saben que Arcila y Frías están dando esperanzas a ciudadanos y ciudadanas que se habían resignado a que el poder no iba a cambiar de manos, pensaban que Tenerife, como Sicilia, estaba condenada al gatopardismo político que describió Lampedusa en su novela: “Si queremos que todo siga igual es necesario que todo cambie”. Y precisamente eso, que el poder pueda cambiar realmente de manos, es algo que no van a tolerar los líderes del tripartito que estos días hablan de renovar ideas y personas. Por eso Fernández Arcila se ha convertido en el peligroso concejal chicharrero.

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