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¿Dónde está el brazo? Por Eduardo García Rojas

El fantasma de Horacio Nelson recorre la plaza de España de Santa Cruz de Tenerife mientras busca su brazo. Tiene vagos recuerdo que por ahí debe de estar, aunque solo le viene a la memoria la luz de los fogonazos y humo. El humo de la pólvora y los gritos de marinos y soldados, así como de civiles que portan armas y chillan.

¿Pero qué chillan?

Chacho, chacho, chacho.

El fantasma de Horacio Nelson está rodeado de autoridades civiles y militares españolas que bajo un sol de justicia inauguran unos  bloques de piedra en los que se explica dónde se situaban los antiguos castillos y el lugar en el que, presuntamente, la metralla le arrancó uno de los brazos, aunque el marino victorioso y muerto en Trafalgar no recuerda que fuera ahí donde lo perdió.

En su cabeza de hombre de mar que marea solo aparecen destellos de luces, el sonoro silbo de las balas y el chacho, chacho, chacho que le gritan los hombres que combate cuando le arrancaron el brazo.

Extraño paseo el que hace Nelson una mañana de julio de 2014. Tan extraño que es arrastrado por un grupo de turistas británicos hasta una g-g-guagua de dos pisos para recorrer las calles de la ciudad. Igual tiene suerte y encuentra el brazo, piensa cuando una vieja seca-seca y que por su acento debe ser de Plymouth, le anima a que saque fotos.

Tiembla cuando escucha el chacho, chacho, chacho… que como un mantra ahora se repite mientras se encoje de hombros ante una ciudad de costa que, paradójicamente, huye mirar de frente al mar y que estos días celebra su primera y parece que única victoria.

¿Dónde está su brazo derecho?

Tanto chacho, chacho, chacho le machaca la sudorosa cabeza.

Se limpia el sudor con un pañuelo y la misma señora de Plymouth le ofrece una botella de agua mineral sin gas mientras la g-g-guagua atraviesa una capital de provincias con sus ramblas y calles que apenas cuentan con aceras por las que puedan caminar dos personas sin que se tropiecen.

La máquina se detiene delante de un museo y una guía atractiva informa al grupo de turistas británicos de quiénes eran los guanches, ¿los chachos?, mostrándole algunas momias que no tienen mucho que ver con las del antiguo Egipto aunque son interesantes. Se detiene para  observar la de un feto. Y discretamente, se separa del grupo para continuar la búsuqeda de su brazo. Pero no hay suerte.

Abrumado por el calor, Nelson se separa de los demás mientras un pintor callejero le cuenta en inglés que maldita la hora en que no dejaron entrar a los ingleses y si quiere que le haga un retrato, pero Nelson se escabulle porque por tener, ya no tiene ni brazo ni ná.

Deambula por las calles de una ciudad aplastada por la canícula y a las puertas de un edificio que alguien dice es el Cabildo se tropieza –pero esto lo sueña– con gente que protesta por la política cultural de TEA.

Pero Nelson cuando oye TEA entiende TEA, y le apetecería tomar uno y a ser posible con un chorrito de ron. No, no hay manera de hacerse entender entre esa gente que aúlla aunque el mar está cerca.

Nelson observa la franja azul y hacia allí dirige los temblorosos pasos. Los goterones de sudor que empapan su cara caen al suelo y nota que le pica la nuca mientras lo distrae el olor mareante de un muelle donde ya no cruje la madera de los barcos.

Un marinero educado invita a que suba a la cubierta de un crucero y Nelson cree entonces oír el canto de una gaviota. Pero se trata de una falsa alarma, es un graznido lo que en verdad oye. Un chacho, chacho, chacho que lo disuelve en la nada.

Esa misma nada donde probablemente se encuentre su dichoso brazo.

Saludos, God Save the Queen!, desde este lado del ordenador.

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