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Avenida de los Gigantes, una novela de Marc Dugain. Por Eduardo García Rojas

“- Eres un buen chaval, Al. No recuerdo que nunca me hayas montado una escena. Eres muy inteligente, incluso mi padre lo dice, eres bastante guapo y puedes ser tranquilizador cuando te tomas la molestia. Y ofrecer tranquilidad a una mujer es importante. Al, sobre todo para una mujer como yo que teme que su sombra se aburra menos que ella. Pero no tienes ningún deseo. ¿Por qué? ¿Cómo voy a saberlo? Cada vez que te hablo de deseo con mi cuerpo me hablas  de matrimonio con tus labios y te crispas como una estatua de cera. No soy tan intelectualmente sosa como parezco, Al.

– ¿Se lo has dicho a tu padre?

– ¿Qué?

– Todo esto.

– Ya te he dicho que no. Tengo la sensación de que es más importante para ti que yo. Sin él, te olvidarías de verme.

Pasamos una hora en silencio. Hay chicas en la que es fácil tomar el mutismo  por inteligencia y lamentarlo después. Wendy no era de ésas. Leía revistas de chicas de su edad, apacible, como si no se hubiera dicho nada esencial. La radio emitía música inglesa. Acabé marchándome.”

(Avenida de los Gigantes, Marc Dugain. Traductor: Joan Rimbau. Colección: Panorama de narrativas. Editorial Anagrama)

Hay libros que nada más abrirlos resulta imposible cerrarlos. Algo así pasa con Avenida de los Gigantes, de Marc Dugain, una novela turbadora y desconcertante, pero también insólitamente serena al abordar la mente de un asesino serial que está inspirado en un monstruo real. Cuenta la historia de Al Kenner,  un ogro de más de dos metros y con un coeficiente intelectual similar al de Albert Einstein.

No estamos, sin embargo, ante la clásica historia protagonizada por un asesino serial que se las sabe todas, una especie de atractivo Supermán del mal como Hannibal Lecter, sino ante un relato que bucea con insólita precisión en el cerebro de un hombre para el que no existe ni el bien ni el mal.

Un tipo carente de afectos y bastante miedoso que se ha acostumbrado a mimetizarse con su alrededor y a pasar desapercibido entre los demás pese a sus más de dos metros de altura.

La vida de Al Kenner, viene a decir Dugain, es la vida de un hombre que ilumina su oscuridad preguntándose si está o no loco. Un monstruo con una preocupada e insistente moralidad en la que no hay sitio para lo bueno ni lo malo. Un técnico depredador que abusa de los débiles para combatir su demoníaca desidia antes de ponerle él mismo, ¿quién si no?, punto y final cuando se convence que ya está harto.

Marc Dugain tiene la habilidad de narrar el relato desde su desconcertante punto de vista, dando voz al asesino en su patético deambular existencial. Tumbos por el sendero de la vida mientras va dejando detrás un reguero de cadáveres. Ejecuciones que, juiciosamente, Dugain sugiere y no describe.

Casi como si fueran puntos suspensivos en la memoria de su protagonista, un tipo, Al Kenner, nacido en una familia quebrada y cuyos odios y rencores libera haciendo el mal entre los más inocentes. De fondo, y como una cantinela mecánica de hilo musical, su madre. Probablemente igual de manipuladora y depredadora que su hijo.

Mientras leo Avenida de Gigantes recuerdo, es inevitable, El asesino de la carretera, de James Ellroy, solo que la voz que emplea Ellroy es furiosa, catatónica y provocativa. En la novela de Dugain, serena. Y esa desarmante serenidad convierte Avenida de los Gigantes en un relato todavía más estremecedor. De esos que hacen mirar a un lado y al otro, y que te recuerda que, antes de que te vayas a acostar, cierres muy bien la puerta de la casa.

El asesino en serie de Marc Dugain, Al Kenner, resulta creíble. Cuenta cómo nace su instinto depredador –que en la novela eclosiona en la localidad de Santa Cruz, Californoa, durante los primeros años de la década prodigiosa, los sesenta, los años del haz el amor y no la guerra mientras todo el mundo sabía situar en el mapa Vietnam– y que siga lector su gradual camino hacia ninguna parte porque para Al Kenner no hay un sendero de baldosas amarillas.

Se puede leer Avenida de los Gigantes como una novela negra y de carretera, pero también como una novela a la que no hace falta ubicarla en un género por la regular hondura psicológica con la que Dugain arma a su protagonista. Un maníaco que a ratos es consciente de su locura, aunque esos destellos de lucidez no le quiten el sueño.

Al Kenner vive porque tiene que vivir, es un aburrido, y hace lo que hace por aburrimiento. Detesta muchas cosas pero sobre todo se detesta a sí mismo aunque al final de la historia ese quejica aburrido que no se cansa de hablar consigo mismo encuentre su lugar en el mundo. Un lugar en el mundo que no es otro que un espacio donde están empeñados en explorar su cerebro.

Avenida de los Gigantes es una novela que no se preocupa en preguntarse los por qué sino en contar el qué.

Marc Dugain evita juzgar moralmente a su protagonista, para eso escribe la novela desde dentro del monstruo, así que no propone ninguna negociación con el lector para que continúe adentrándose en la mente de un depredador que, pese a ser un aburrido, hace lo que hace. Impulsos asesinos que resuelve literalmente y no fragmenta en su imaginario particular.

Un hombre que solo se pone en acción cuando hace el mal. Un mal que sabe que es mal, aunque para él bien y mal sean solo estados de la conciencia que tienen los demás.

No sé si Avenida de los Gigantes es la gran novela que un escritor francés intenta escribir sobre el crimen en la cuna de la moderna democracia occidental, los Estados Unidos de Norteamérica, pero por intentos que no sean. Exploraba con otras claves, a veces coincidentes, el carácter de otro depredador en su biografía novelada sobre John Edgar Hoover (La maldición de Edgar), pero mejora en su retrato de Al Kenner –muy inspirado en el asesino serial Ed Kemper– al no desbordarle los acontecimientos personales y políticos que rodearon al fundador del FBI.

Ambos personajes, Hoover y Kenner, tienen sin embargo más de una cosa en común, como su enfermiza habilidad para el camuflaje

La novela de Marc Dugain se lee de un tirón, y son más de trescientas páginas de un largo monólogo interior que interrumpe en ocasiones por la tercera persona para devolver al lector a que sea, precisamente, un lector distanciado. Que contemple desde fuera a quien ahora conoce por dentro.

La lección solo provoca desasosiego y no sabes donde poner las manos. El retrato que Dugain hace de Kenner hipnotiza, descoloca, te obliga a que entiendas que ese monstruo de más de dos metros y un coeficiente similar al de Einstein es un hombre.

Y que te preguntas qué hacer con todos esos hombres y mujeres.

Esos hombres y mujeres que son un lobo para el hombre.

Según Marc Dugain,  Al Kenner tiene la respuesta.

Y a ti no te gusta.

Saludos, preferiría no hacerlo, desde este lado del ordenador.

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