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Aniversario del Apolo 11. Por Ángel Alonso

Hace cuarenta y cinco años unos seiscientos millones de personas de todo el mundo siguieron en directo las dos horas que duró el primer paseo lunar, durante el cual se colocaron instrumentos, se recogieron veintidós kilos de rocas, se colocó la bandera estadounidense y se fijó una placa metálica.

Ya en la superficie lunar, Armstrong y Aldrin fijaron una placa metálica a una pata del módulo de aterrizaje. Aquella placa decía: “Aquí los hombres del planeta Tierra llegaron a la Luna por primera vez en julio de 1969 d. C. Vinimos en son de paz, en nombre de toda la Humanidad”…

El mensaje que figura en la placa que colocaron los astronautas en la Luna, consiguió emocionar a las gentes de todo el mundo y, aunque en aquel momento fueron muchos los que no se creyeron que el hombre hubiese salido al espacio exterior y viajado hasta la Luna, es posible que aquel primer paseo por el satélite natural de la Tierra marcara el comienzo de una era en la que el hombre empezó a comprender el universo que le rodea.

Pero este logro para la Humanidad también pudo haber acabado en tragedia. Para empezar las probabilidades de que la misión acabase mal, eran superiores a las probabilidades de éxito y el peligro de no regresar a la Tierra para aquellos tres tripulantes del Apolo 11, era real.

Es 20 de julio de 1969. Después de viajar durante cuatro días, recorriendo unos 368.000 kilómetros, el Apolo 11 entra en órbita alrededor de la Luna. Armstrong y Aldrin se despiden de Collins y suben al módulo lunar… El Eagle.

Después de separarse, el Eagle desaparece tras la cara oculta de la Luna, perdiendo toda conexión con la Tierra. 22 minutos más tarde vuelven a recuperar la comunicación e inician el descenso.

En este momento estaban a 15.000 metros sobre la superficie lunar y a 309 kilómetros de la zona de aterrizaje seleccionada, bautizada como Mar de la Tranquilidad. Se inicia el descenso y, cuando el motor llevaba cuatro minutos funcionando y el Eagle se encontraba a 1.828 metros de altura sobre la superficie de la Luna, de repente se encendieron los pilotos de alarma…

Sólo quedaba una opción: abortar la misión. Sin embargo el fallo se atribuye a una sobrecarga en el ordenador y la operación de alunizaje sigue adelante.

A medida que el módulo seguía descendiendo, más y más pilotos de alarma se encendían… Y fue en ese momento cuando un nuevo problema apareció: el descenso había sido más rápido de lo esperado y el Eagle se había desviado unos seis kilómetros y medio de la zona prevista para el alunizaje y, en lugar de dirigirse hacia un espacio plano, iban hacia una zona plagada de cráteres y rocas del tamaño de un automóvil, lo que podría resultar fatal.

En ese momento Armstrong conectó el control manual manteniendo el motor a todo gas, consumiendo cuarenta segundos más de combustible… Pasaron sobre un cráter y luego sobre otro más pequeño… Aldrin seguía leyendo los datos transmitiendo detalles… Tan sólo les quedaban noventa segundos de combustible… Si se cortaba de repente el suministro, el módulo lunar se precipitaría sin más sobre la superficie de la Luna y sufriría daños irreparables.

Los segundos se iban agotando y nuevos pilotos de alarma continuaban encendiéndose… Estaban a quince metros de altura y ya no había suficiente distancia sobre el suelo, como para separarse del módulo y abortar el alunizaje.

Con increíble sangre fría, Aldrin continuó leyendo los datos de los instrumentos… Desde la Tierra les llegaban los segundos restantes de combustible… De pronto la sonda conectada a una de las patas del módulo de alunizaje, tocó el suelo y por fin la nave se posó sobre la superficie de la Luna.

El módulo había alunizado con tan sólo dieciséis segundos de combustible disponible y a treinta y ocho metros de un cráter. Armstrong y Aldrin permanecieron durante seis horas y media completando las comprobaciones y colocándose los pesados trajes espaciales presurizados y las mochilas de oxígeno.

Por fin Neil Armstrong se decidió a abrir la escotilla del módulo lunar y salir al exterior. Poco a poco comenzó a descender y cuando bajó el último metro desde el peldaño inferior del módulo lunar y se convirtió en el primer ser humano en poner los pies sobre la Luna.

Eran las once menos cuatro minutos de la noche en la costa este de los Estados Unidos, tres y cincuenta y seis de la madrugada en Canarias, una hora más en el resto de España, del 20 de julio de 1969, y Armstrong acababa de protagonizar el comienzo de una nueva era, momento que decidió convertir en un logro conjunto de la raza humana con su célebre frase: “Éste es un pequeño paso para el hombre… pero un gran salto para la Humanidad”…

Después del Apolo 11 hubo seis misiones más a la Luna. Con la excepción del Apolo 13, en el que una explosión incapacitó su módulo de servicio y hubo que renunciar al alunizaje, hasta el Apolo 17, en 1972, el proyecto Apolo fue un gran éxito para la NASA. Pero poco a poco los excesivos costes, la falta de descubrimientos de relumbrón, la monotonía en los trabajos de campo, los excesivos riesgos para las tripulaciones y, en gran medida, la creciente falta de interés por parte de los ciudadanos estadounidenses, hicieron que el Proyecto Apolo terminase de forma precipitada antes de lo previsto, ya que las misiones programadas a la Luna llegaban hasta el Apolo 19.

Si aquella gesta del Apolo 11, cuarenta y cinco años después, es recordada como una hazaña heroica, gloriosa y romántica, debemos de mirar hacia delante y prepararnos para lo que el futuro nos pueda deparar. Una nueva época dorada de la exploración en la que queda todo un Universo por descubrir.

                                                                                                         

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